domingo, 22 de mayo de 2011

Sobre las sospechas

- Querida señorita Morland, considere la terrible naturaleza de las sospechas que ha albergado. ¿En qué se basa para emitir sus juicios? Recuerde el país y la época en que vivimos. Recuerde que somos ingleses: que somos cristianos. Utilice su propio entendimiento, su propio sentido de las probabilidades, su propia observación de lo que ocurre alrededor. ¿Acaso nuestra educación nos prepara para atrocidades semejantes? ¿Acaso las consienten nuestras leyes? ¿Podrían perpetrarse sin que se supiese en un país como éste, donde las relaciones sociales y literarias están reglamentadas, donde todo el mundo vive rodeado de un vecindario de espías voluntarios, y donde las carreteras y los periódicos lo ponen todo al descubierto? Queridísima señorita Morland, ¿qué ideas ha estado concibiendo?
Habían llegado al final del pasillo y, con lágrimas de vergüenza, Catherine huyó corriendo a su habitación.

Jane Austen: "La abadía de Northanger"

martes, 10 de mayo de 2011

Yo sabía que te hallabas...

Yo sabía que te hallabas tras la entrebruma del sueño y la poesía, y sin embargo, no sabía como llamarte, para atraerte hacia mí. Todo, todo lo pasado y lo vivido se confundía con los sueños, cual un espejo roto en el que el mundo se mirara destrozado. Cual esa sensación temible y aterradora de avanzar por un desierto sin fin, para encontrarnos a nosotros mismos cara a cara, como ante un espejo invisible. Como si la expresión “Lo monstruoso también forma parte de lo humano” que dijera cierta vez un poeta, se volviera realidad.

Yo sabía que te hallabas tras la entrebruma del sueño y la poesía, de los párpados a medio cerrar, y sin embargo, no sabía como llamarte, como atraerte hacia mí. Yo sabía que te amaba tras esa entrebruma del sueño y la poesía, y sin embargo, no sabía como decírtelo, como expresarte la inmensidad de ese amor. Yo sabía tantas cosas, pero a la vez no las sabía, por hallarse todas en el límite entre el sueño y la vigilia, tras los párpados a medio cerrar, donde todo es comprensible, pero nada es expresable en el lenguaje cotidiano.

Yo sabía que te hallabas tras la entrebruma del sueño y la poesía, pero a la vez no lo sabía, ni quería saber nada. ¿Era que tal vez ese saber formaba parte de la memoria eternal, guardada desde siempre en nuestras células, por la que navegaran miles y millones de seres amorfos, de larvas y humus y creaciones extrañas, ajenas a nosotros?

Isabel Sabogal