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viernes, 17 de agosto de 2018

Sobre la novela "Historias últimas" de Olga Tokarczuk


Esta será una breve reseña de la novela „Historias últimas” de Olga Tokarczuk. Se trata de tres historias, cada una de una generación diferente de mujeres de la misma familia: abuela, madre e hija.
El libro comienza con el relato Ida Marzec, la madre, quien casi se mata en un accidente, cuando iba conduciendo de noche en plena nieve a visitar la casa en la que vivió de niña. Ida logra salir del carro y avanza a pie, hasta llegar a una casa en medio del campo, donde la acogen. En ésta vive una pareja de ancianos, dedicada a cuidar animales desahuciados, que la gente entrega al nieto de éstos, Adrian, quien es veterinario. No los duermen, sino que los atienden, aplicándoles analgésicos para aminorar su sufrimiento, hasta que les llega la hora. Luego los entierran en un terreno que queda detrás de la casa. Ida se queda allí algunos días.
Sigue luego la historia de la abuela, Paraskevia, cuyo diminutivo es Parka. Recordemos que en la mitología romana, las parcas eran tres deidades femeninas que hilaban, sostenían y cortaban el hilo de la vida. Paraskevia, alias Parka, al enviudar de golpe, rememora su vida con quien fuera su esposo, Piotr. De como él llegó como maestro de escuela, al pueblo del que ella procedía. Durante meses no dejaba de mirarla, hasta que pidió su mano a la tía Marynka, quien la había criado. La tía dijo que sí en su nombre, pues lo consideraba un buen partido. Y es que Piotr era polaco, y en ese entonces, los polacos eran el grupo dominante en la parte occidental de Ucrania, que pertenecía a Polonia, donde quedaba el pueblo en cuestión. La tía lo aceptó a sabiendas de que Paraskevia estaba encinta de su primo Myron, hijo de la tía Olga
- Salta de un árbol - le decía la tía - Toma ruda.
Pero nada de eso funcionó, así que unos meses después, cuando Paraskevia ya estaba casada, llegó al mundo Leokadia, a quien le decían Lalka, lo cual significa muñeca, de cariño.
Se inició luego la Segunda Guerra Mundial. Piotr partió a la guerra y regresó, poco tiempo después, con la pierna herida. Los soviéticos invadieron la parte oriental de Polonia, incluido el pueblo de Paraskevia.
Stadnicka, la otra maestra de la escuela era, al igual que los demás polacos del lugar, fue deportada a Siberia. Se salvó sólo Piotr, quien no podía entender el porqué. No sabía que era porque Paraskevia se había entregado, más de una vez, a Jurij Liberman, el militar ruso que estaba a cargo de la operación de deportaciones en el pueblo. Él decidía, quién quedaba vivo, quién muerto, a quién deportaban y a quién no. Ella le decía a Piotr que se iba a visitar a la tía Marynka, cuando en realidad, iba adonde el otro, al local de la escuela, que ahora era un puesto militar. Cuando descubrió que estaba encinta, le confesó todo a su tía, quien primero le pegó una bofetada y luego la llevó donde una comadrona, que la liberó de la carga. Paraskevia demoró en recuperarse un mes. 
- ¿Es cierto? - le preguntó luego Piotr, mirándola a los ojos, pues el rumor, como sucede siempre con todo rumor, había llegado a sus oídos.
- No es cierto - respondió ella, sin desviar la mirada.
Pero el ambiente se intensificó aún más. Cierta vez apareció en su casa la tía Marynka, diciéndole, que como ella la había criado, tenía la potestad de ordenarle, que Piotr se fuera a vivir al bosque con los suyos, o cavara un hueco bajo el establo para esconderse allí.
- Es que nosotras somos ucranianas, y él es polaco - dijo la tía, aludiendo a que ellas no corrían peligro. Y es que los ucranianos mataban a los polacos, que no habían sido deportados, en sus casas. Y así fue como Piotr se refugió medio año bajo el establo, adonde su esposa le pasaba la comida.
Y Paraskevia se percató que nunca antes se había puesto a pensar sobre esa dualidad cultural. „Había dos iglesias, dos Navidades y dos idiomas, que de año en año se acercaban cada vez más, sobreponiéndose y haciendo que los conceptos realizaran una danza llena de gracia”.* Y aquí va una explicación, destinada al lector hispano, siendo tácita para el lector polaco. Las dos iglesias eran la griegocatólica, con el ritual realizado en griego antiguo y la romanocatólica, con el ritual en latín. La Navidad se celebraba en dos fechas diferentes; la una, según el calendario juliano; y la otra, el veinticuatro de diciembre, según el calendario gregoriano. Y los dos idiomas eran el ucraniano, ligado al rito griego y al calendario juliano y el polaco, ligado al rito latino y al calendario gregoriano. Los domingos, ella iba con la bebe a una iglesia, Piotr a la otra, y se reencontraban a la hora del almuerzo. Asimismo, ella jamás dejó de llamarlo Petro, en ucraniano.
Pasada la guerra hubo que partir hacia nuevos rumbos. „Cierta noche” - le explicaba Piotr años después - „la frontera se movió de sitio y se halló en un lugar totalmente diferente. Y resultó que nos encontrábamos del lado inadecuado. Y como el ser humano no puede vivir sin fronteras, tuvimos que partir en su búsqueda. El ser humano necesita de las fronteras como del aire. Sin límites, de cualquier tipo, no sabríamos ni cómo vivir; ni quiénes somos, ni qué debemos hacer. Las fronteras fueron hechas para mostrarnos, que hay cosas, que no podemos transgredir”.** 
Y aquí va una explicación adicional para el lector hispano. Al finalizar la guerra, se trasladó a la fuerza a la población polacoparlante, de los territorios que dejaron de ser parte de Polonia y que pasaron a ser parte de la Unión Soviética. Se la trasladó a las regiones que antes de la guerra habían pertenecido a Alemania, y que ahora pertenecen a Polonia. Los germanoparlantes, a su vez, fueron expulsados del territorio de la actual Polonia al territorio de la actual Alemania.
Pero volvamos a la trama de la novela. Durante la travesía, en la localidad de Kluczbork, murió Leokadia. Si bien había médico en el tren, no había ni antibióticos, ni calefacción, ni las mínimas condiciones para salvarle la vida.
- Nos llevaron en un tren de carga - le contaba luego Paraskevia a su cabra, Tekla, único ser con el que hablaba, luego de haber enviudado - Porque éramos una carga.
Hasta que arribaron al pueblo, donde Piotr tenía designado enseñar en la escuela. Todas las inscripciones de las lápidas del cementerio estaban en alemán. La primera lápida en polaco fue la de la tía Marynka, quien murió en 1949, poco después de que llegaran. Y es que, por más que la tía fuera ucraniana, logró salir a Polonia, como parte de una familia polaca.
Cuando nació su segunda niña, Paraskevia quiso ponerle Maryna, por su tía, a quien de cariño llamaban Marynka, pero Piotr dijo que no, que era mejor un nombre universal y comprensible para todos. Y así fue como se quedó con el nombre de Ida.
Ida, criada en la República Popular de Polonia, vivió en internados desde los trece años de edad, lo cual acentuó aún más, la brecha cultural para con su madre. Única hija viva de una madre desarraigada, ya que ni siquiera llegó a conocer a su media hermana Leokadia. Divorciada, cada encuentro con su ex-esposo, la conlleva a una furia incontrolable. Cercana a su padre y enfrentada desde niña a su madre, a la muerte de éstos, siente que la soledad la embarga. Ya que su única hija Maja, quien viaja por el mundo, recopilando material para escribir guías de viaje, acompañada de su único hijo,  nieto de Ida, apenas se acuerda de mandarle una postal de vez en cuando. Ida, a diferencia de lo que vivieron sus padres, a costa de un trabajo arduo, e incluso, de su matrimonio, ha logrado conseguir lo que quería. Departamento en Varsovia, trabajo fijo, seguridad económica. Y sin embargo, el dolor causado por la soledad y la rutina del trabajo, la va corroyendo por dentro. Y eso que trabaja en continuo movimiento como guía de turismo en una ruta llamada „El corazón de Europa”, la cual consiste en visitar cinco ciudades: Varsovia, Breslavia, Praga, Viena y Berlín. Pero la repetición continua de la misma ruta le causa un hastío interno.
Mientras Ida la extraña, sin entender, porque Maja no se comunica, ésta se encuentra en una isla en el Pacífico Sur. Está en el único hotel de la isla, compuesto por pequeñas cabañas. En el otro extremo de la misma hay un caserío de pescadores. Lo demás es naturaleza pura. Podría parecer una isla paradisíaca, como las de las postales, si no fuera por el calor pegajoso, que no deja respirar ni pensar. Ni por la omnipresencia de los insectos, de la cual se uno se puede librar sólo en la sala comedor común de la cabaña principal del hotel. Ni por la manada de monos, que rodea "su" cabaña,  mirándola como si fuera un objeto de zoológico, lo cual llega a causarle pavor. Cierto día dejó mal cerrada la ventana del baño y cuando regresó, sus cosméticos estaban revueltos y había desaparecido el jabón. De noche sueña con una ciudad poblada de tranvías, calles cubiertas de adoquines y oficinas de correo postal, como queriendo confirmar que la realidad de la cual procede, todavía existe. Es como si se encontrara en otra dimensión, y desde otras dimensiones no se envía postales a nadie. 
En el hotel, aparte de ella y su hijo de once años, cuyo nombre no conocemos, hay turistas de diferente índole. Un grupo de jóvenes japoneses, que sale a bucear todas las mañanas. Cuatro holandesas, ya mayores, que hablan en flamenco entre ellas y están dando la vuelta al mundo. Una joven pareja, que no ve el mundo, más allá de sí misma, dedicada a hacer el amor estrepitosamente, sin importarle que los demás los escuchen. Mike, el dueño del hotel y sus empleados.
A los pocos días de estar allí llega Kisz, un prestidigitador húngaro, quien es consciente que le queda poco tiempo de vida. Pero prefiere morir en esa isla a hacerlo en una cama de hospital. Brinda con ella por el reencuentro de dos „paisanos” de Europa Central en ese lugar alejado de sus hogares. Está demás decir que el idioma común de todas estas personas es el inglés, que tanto Maja, como su hijo, dominan perfectamente.
Poco tiempo después Maja se percata que hay más „huéspedes” en la isla. De noche llegan en secreto lanchas con mujeres asiáticas, quemadas y heridas, acompañadas de sus niños. Se hospedan en unas cabañas que están detrás de las del hotel. Unas noches después parten, para dar lugar a otras. Le pregunta a Mike quiénes son y él le pide encarecidamente que no le pregunte, para no tener que darle respuestas. El mozo del hotel, quien les lleva la comida, le dice que son fugitivas, a quienes Mike ayuda. Fugitivas, sí, ¿pero de dónde vienen y adónde van? No llega a enterarse, cumpliendo con la promesa dada a Mike, de no averiguar más sobre el tema. 
Siendo nieta de migrantes, ¿Maja se identifica con las fugitivas? Aparentemente no. Tal vez ni siquiera sepa que Leokadia, la hermana mayor de su madre, murió en el tren de carga, que iba de Ucrania a Polonia. Y es que el contacto con su abuela había sido casi nulo. La abuela apareció en el departamento de su madre, cuando ya estaba a punto de morir, para guardar cama y ser atendida, antes de ser llevada al hospital, donde daría el último suspiro. Maja la había visto antes, sólo una vez, pero era tan pequeña, que ni siquiera lo recuerda.
Kisz enseña trucos de magia al hijo de Maja y le regala un libro sobre el tema, cosa que a ella no le gusta. La última noche de su estadía en el hotel, el niño hace una presentación de todo lo aprendido, ganándose el aplauso del público, entre el cual se encuentran, incluso, las fugitivas con sus hijos. Esa misma noche muere Kisz en su cabaña „de lujo”, la única con aire acondicionado.
Al día siguiente, Maja, su hijo y los japoneses, parten en una lancha hacia tierra firme, para allí avanzar en un bus por la selva hacia el aeropuerto, de donde cada quien viajará a su destino respectivo. Ella con el niño hacia su ciudad, poblada de tranvías y con adoquines en las calles. Volviendo de la dimensión desconocida, ya está en condiciones de redactar una postal, para enviarla a su madre desde el aeropuerto, pidiéndole que pague los recibos pendientes del departamento. No sabe que Ida, hastiada de la vida, ha regresado a su carro en medio de la nieve y se ha acomodado allí, con la cabeza en el timón, esperando el descanso eterno. Sabemos que la muerte por congelación es indolora, pero no sabemos, pues la autora no nos lo dice, si fue eso lo que sucedió, o si alguien llegó a rescatarla a tiempo.
Viendo las profesiones que eligieron su hija y nieta, pareciera que la vena errante, que se inició cuando Paraskevia se viera forzada a abandonar el pueblo donde, durante siglos, habitaran sus antepasados, continuara de generación en generación.
¿Por qué el título „Historias últimas”? Supongo que, porque cada una de estas historias representa las vivencias de una generación concreta de mujeres, como parte de la historia de Polonia, la cual está irreversiblemente unida a la historia de Ucrania. Y son, literalmente, las historias últimas, las de los siglos XX y XXI.



* Olga Tokarczuk, op. cit., p.172
** Olga Tokarczuk, op.cit., p. 139

Traducción: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

Ficha bibliográfica:
Olga Tokarczuk: „Historias últimas" (Ostatnie historie)
Cracovia, Wydawnictwo Literackie (Editorial Literaria), 2018
Número de páginas: 296

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