martes, 3 de mayo de 2016

Sobre la novela "Los libros de Jacob" de Olga Tokarczuk

Este es un pequeño comentario a la novela „Los libros de Jacob” (Księgi jakubowe) de Olga Tokarczuk, obra que le valió el Premio Literario Nike 2015, uno de los mayores premios en cuanto a literatura polaca se refiere. Olga Tokarczuk es actualmente una de las escritoras más reconocidas de Polonia. Y digo que es pequeño, porque la novela sobrepasa cualquier comentario posible. 
El protagonista de la novela, el judío polaco Jacob Frank (Jakub Frank), seguidor de Sabatai Tzvi, fue un personaje histórico quien tuvo un sinnúmero de seguidores, llamados frankistas. Sabatai Tzvi fue a su vez un judío turco, quien en el siglo XVIII se declaró el mesías. (Recordemos que en el universo judío aún se espera la llegada del mesías. De tiempo en tiempo aparece alguien que se declara como tal. Uno de ellos fue Jesús, otro Sabatai Tzvi. Ambos son considerados como falsos mesías por quienes siguiendo ligados a la tradición del judaísmo, no son sus seguidores. Pero aparte de ellos hubo muchos más).
De familias de frankistas, ya que solían casarse entre ellos, descendían, entre otros, la madre y la eposa del poeta Adam Mickiewicz. La novela levantó polvareda en Polonia, lo cual indica que tocó carne en cuanto a la interpretación de la historia se refiere. 
Se trata pues de una novela histórica. Pero la obra de Olga Tokarczuk es de por sí bastante indefinible y cobra repentinamente giros inesperados. En el caso de esta novela vemos que en medio de la narración, aparentemente realista, aparece el personaje de Yenta (Jenta), abuela de Jacob, quien, debido a un mal manejo de la magia, queda suspendida entre la vida y la muerte. Aún respira y su cuerpo no se ha enfriado. Pero ya no se mueve, no habla ni recibe alimentos. Está en medio de los vivos, sin responder a los estímulos, como si fuera un mueble. Y sin embargo su espíritu flota y ve todo desde arriba, ve a toda su descendencia, sus hijos, nietos y bisnietos, ve lo que pasa en Polonia y lo que pasa en Esmirna en Turquía, donde se encuentra Sabatai Tzvi. Y Yenta se divierte. Se divierte, porque ha engañado a todos. Es un espíritu libre de las ataduras del cuerpo, pero que tampoco ha sido enviado al mundo de los muertos, ya que aún respira. Es pues un espíritu libre de las ataduras de cualquier mundo, tanto de los vivos, como de los muertos.
Otro de los muchos personajes históricos presentes en la novela es Benedykt Chmielowski, sacerdote católico y autor de la primera enciclopedia polaca, quien en su búsqueda de conocimiento acude donde el rabino, cosa vetada para la sociedad de la época; por lo que lo hace a escondidas, tratando de que nadie de su círculo lo vea. El padre Chmielowski es un hombre muy compasivo y es parte de su compasividad también, el querer compartir todo el conocimiento del mundo a través de la enciclopedia, que en medio de las largas noches de invierno, se esfuerza en elaborar.
Respecto al tema de la conversión de los judíos al catolicismo vale la pena explicar algo que el libro no explica, tal vez por considerarlo tácito. La apostasía, vale decir el abjurar de la religión propia, a la que uno pertenece y/o en la que ha sido formado, estaba penada con la muerte en la República de los Nobles, conocida oficialmente como la República de las dos Naciones (Polonia y Lituania). No se obligaba a convertir al catolicismo a nadie, como en el caso de la España de los Reyes Católicos o la Roma de los Borgia. Tampoco se expulsaba del país a nadie por motivos religiosos. Pero sí estaba prohibido pasarse de una religión a otra. Si naciste judío, debías morir judío. Es por eso que Moliwda, otro de los personajes de la novela, quien infortunadamente se enamora de una judía, luego de la muerte de su esposa debe fugarse por un buen tiempo del país. Y es a él a quien le cuentan el caso de uno de los condes Potocki, quemado en la hoguera luego de convertirse al judaísmo.
El trámite solicitando el permiso del arzobispo para que los frankistas, todos ellos de procedencia judía, se conviertan al catolicismo, es un trámite largo y engorroso. Quien se hace cargo del trámite es Moliwda, el único que por su procedencia social (los condes Kossakowski) y su formación, tiene los contactos y la capacidad para hacerlo. El trámite finaliza exitosamente, el permiso les es otorgado por el rey Estanislao Augusto y el 17 de setiembre de 1759 tres mil judíos se bautizan en la catedral de Lwów, convirtiéndose a la fe católica. Jakub Frank y sus seguidores más cercanos lo hacen en la mencionada catedral, pero simultáneamente hubo otras conversiones en Lublin y Varsovia. Al convertirse cambian de identidad, adoptando nombres provenientes del santoral católico en su versión polaca y apellidos polacos. Muchas veces adoptando el apellido del padrino o de la pareja de padrinos (quienes al ser matrimonio usan el mismo apellido), los cuales procedían de la nobleza, incluida la aristocracia, polaca. Cambian también de atuendo, dejan de usar las tradicionales gabardinas y pasan a vestirse como la nobleza polaca. No se trata pues sólo de una conversión religiosa sino también de una conversión social. (Y es en medio de ese río revuelto que el padre Chmielowski, desbordado por la compasividad, se juega su propio pellejo al hacer pasar por un judío que se quiere convertir al catolicismo a un siervo fugitivo de los bienes de su señor feudal).
Sin embargo Jakub Frank y sus seguidores no comulgan con la mayoría de las tradiciones católicas, siguen practicando rituales internos entre ellos y son objeto de sospecha de la curia. En consecuencia Frank es arrestado y encerrado en la fortaleza de Częstochowa, donde pasa trece años y de donde es liberado recién por los rusos, cuando la repartición de la República de las Dos Naciones en 1773. Sus seguidores se mudan desde otras partes de Polonia a Częstochowa para estar cerca a su maestro.
Para finalizar diré que el tema histórico presentado en la novela ha sido casi totalmente desconocido para el lector polaco hasta la publicación de este libro. Y que si bien hubo muchos judíos en Polonia, quienes se plegaron al movimiento frankista, hubo muchos también que no, lo cual nos muestra que no se puede hablar de los judíos polacos como de una comunidad homogénea. Diré también que hemos analizado el texto principalmente desde el punto de vista histórico, sin adentrarnos en su riquísimo valor literario. Y que esta reseña es tan sólo un simple pincelazo en el que se presenta de una manera general tan sólo a unos cuantos de los múltiples personajes de una vasta obra de más de 900 páginas, cuya lectura recomendamos a todos aquellos que dominen el polaco, ya que entiendo que todavía no ha sido traducida al castellano.

Isabel Sabogal Dunin-Borkowski


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