viernes, 25 de mayo de 2018

El cambio de calendario en "La última del linaje" de Paweł Jasienica

En las dos últimas entradas de este blog nos hemos centrado en la historia de la  dinastía Jagellón, la cual a su vez, es parte de la historia de Polonia. En las mismas tenemos la explicación de quién es quién en la trama narrada, por lo que, si es que aún no lo han hecho, les recomendamos leerlas antes de ésta, pues no nos repetiremos. Acá seguiremos comentando el libro "La última del linaje" de Paweł Jasienica.
El 13 de febrero de 1582, el papa Gregorio XIII, introdujo el nuevo calendario, llamado por lo mismo gregoriano. Es el calendario, según el cual nos regimos actualmente. Durante los dieciséis siglos anteriores había regido el calendario juliano, introducido por el Emperador romano Julio César.
Aquí algunos comentarios del autor sobre el impacto que tuvo ese cambio en la República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania). Nos cuenta, por ejemplo, que en Riga se persiguió y ajustició a quienes se opusieron a la reforma del calendario. Que en Lwów el arzobispo Solikowski ordenó se cerrara una iglesia griegocatólica, en la que se celebraba la Navidad según, la así llamada,costumbre anterior, vale decir según el calendario juliano, y dispersara a los fieles. Al enterarse de eso, el rey Esteban Batory prohibió que se persiguiera a quienes se rigieran según el calendario anterior. Quien propiciaba las persecuciones había sido su esposa, la reina Ana Jagellón.
Batory reinó sólo diez años en Polonia, muriendo en 1586. La imagen positiva de sí mismo que dejó a la posteridad, se debe en gran parte a que cuidaba mucho de su imagen y que tenía algo así como una oficina de prensa, gente que lo acompañaba permanentemente y describía por escrito sus logros. Lo sobrevivió Ana Jagellón, quien movió cielo y tierra para que, el hijo de su hermana, Segismundo Vasa, fuera elegido rey de Polonia por los nobles.

viernes, 18 de mayo de 2018

Los venenos en "La última del linaje" de Paweł Jasienica

El envenenamiento de Bona Sforza
representado por Jan Matejko
En la entrada anterior, hemos comentado la novela "Las hijas de Wawel" de Anna Brzezińska. En esa misma entrada tenemos la explicación de quién es quién en la trama de la historia, por lo que la recomendamos leer antes de ésta, pues no nos repetiremos. Dijimos también que el tema de los venenos es un tema recurrente en la novela.
Para sopesar diferentes opiniones, comentaremos aquí lo que dice al respecto Paweł Jasienica en su libro "La última del linaje" (Ostatnia z rodu). 
Si bien Jasienica reitera que la mala imagen de la reina Bona la crearon los Habsburgo, mediante difamaciones pagadas con dinero contante y sonante, él mismo nos narra que el hijo de ésta, el rey Segismundo Augusto, fue con unos guantes negros puestos a un encuentro que tuvo con su madre, pues temía que ella le regalara algún anillo envenenado. Nos cuenta también que al próximo encuentro, el rey fue con un pañuelo blanco en la mano, con el que recibiría el anillo, en caso de darse las circunstancias. Que Segismundo Augusto, acusaba a su madre de haber envenenado a sus dos primeras esposas, Isabel de Habsburgo y Bárbara Radziwiłł, a quien amaba con devoción. Y que, por otro lado, el rey Esteban Batory se hizo traer un antídoto muy poderoso de parte del médico del príncipe elector de Brandenburgo por temor a que su esposa, Ana Jagellón, hija de Bona, como buena discípula de su madre, de quien habría aprendido sus malas artes, lo envenenara. 
Quien si murió envenenada fue la propia Bona. Le sirvió el veneno su propio médico, quien probaba los medicamentes delante de ella, antes de pasárselos, y quien se había preparado un antídoto para el caso. Quien le pagó por eso fue Gian Lorenzo Pappacoda, agente de los Habsburgo. Y fue el mismo agente quien le impidió salir de la habitación a buscar el antídoto. De tal manera que murieron ambos, Bona luego de tres días de terrible agonía y el médico, luego de agonizar durante una semana. 

viernes, 11 de mayo de 2018

Sobre la novela "Las hijas de Wawel" de Anna Brzezińska

Presentamos aquí una reseña de la novela Las hijas de Wawel. Narración sobre las princesas Jagellón(Córki Wawelu. Opowieść o jagiellońskich królewnach) de Anna Brzezińska
La autora, hasta ahora sólo había publicado literatura de corte fantástico. Esta es su primera novela histórica, la cual, por cierto, no deja de tener toques mágicos. La autora despliega un conocimiento de la época en cuestión, el siglo XVI en la Polonia de los Jagellón, tema sobre el que, como historiadora de profesión, está haciendo  un doctorado en la Universidad Centroeuropea de Budapest. (Aunque para ser más específicos, el tema de su tesis doctoral es „La imagen de la reina en la Polonia del siglo XVI”).
La trama de la novela se centra en el personaje de Dosia, diminutivo de Dorotea, la enana de las princesas, Sofía, Ana y Catalina Jagellón, hijas del rey Segismundo el Viejo. Ponemos los nombres en castellano para facilitar la comprensión del texto, si bien en aquel entonces los nombres se escribían en latín, traduciéndose del santoral a la lengua local, tan sólo para su uso en el habla cotidiana.
Recordemos que en aquella época, los enanos, si tenían suerte, llegaban a ser las mascotas de las cortes reales e imperiales. Y como mascotas podían ser vendidos o regalados. A Dosia la compró un sacerdote quien quería congraciarse con la reina, haciéndole un obsequio particular. Si bien Dosia se encontraba en un estado tan calamitoso que, como obsequio, no sirvió para tales propósitos.
Eso en cuanto a la trama de la novela. Pero independientemente de ello, Dosia es un personaje histórico, existió realmente y las cartas que enviaba ya de adulta a una de las tres princesas, Sofía Jagellón, sirven ahora de fuente a los estudiosos, ya que era una de las pocas personas que tenía acceso a la familia real. Supe de su existencia por la novela de Małgorzata Duczmal "Los cuatro reyes de Catalina"  (Czterej królowie Katarzyny) y por el libro de Paweł Jasienica „La última del linaje" (Ostatnia z rodu).
Al inicio de la novela conocemos a Regina, muchacha humilde, quien llegara a la ciudad de Cracovia, en busca de fortuna. Corría el año 1525, y era Rey de Polonia y Gran  Duque de Lituania, Segismundo el Viejo, casado con Bona Sforza, quien procedía de la familia de los príncipes de Milán.
Al año siguiente, el primero de noviembre de 1526, Regina dio a luz a una niña, Dosia, la misma noche en la que nació Catalina, la menor de las hijas de Segismundo y Bona. Al cabo de unos años, en 1530, Dosia llegó a ser la mascota de las princesas, compartiendo la misma habitación con ellas. Como llegó repentinamente al Castillo de Wawel, sede de los reyes de Polonia, se asombraba de todo lo que veía, y es a través de su asombro, que vamos conociendo al castillo y a sus pobladores. 
En medio de eso, la autora nos va explicando, con sumo detalle, el ambiente, las costumbres, la cosmovisión de la época, e incluso, los rumores de palacio. Y lo hace, comparando continuamente las costumbres palaciegas con las de la sociedad en general.
Nos cuenta, por ejemplo, que en 1549 se aperturó la Facultad de Astrología en la Academia de Cracovia (hoy Universidad Jaguelónica). El tiempo de estudios duraba cuatro años y de sus canteras salían los astrólogos de palacio.
Nos habla también del Libro de oraciones de Ladislao de Varna, ligado a la cristalomancia. El mismo contenía, aparte de las oraciones tradicionales, invocaciones a Dios, la Virgen y cuatro arcángeles - Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel - para que iluminaran al poseedor del cristal, mostrándole en su interior, tanto a sus enemigos, como los acontecimientos futuros.
Ese es uno de los toques mágicos de la novela. Otro de ellos es el personaje de Witosława, vieja enana, aparentemente bruja, quien vive en una habitación oscura, de la cual nunca sale, ubicada en el sótano del castillo. Witosława llegó a Polonia, acompañando a Helena, princesa rusa, quien se casó con Aleksander, hermano mayor de Segismundo. El origen de Witosława era incierto. Corrían rumores de que fueron los tártaros, quienes la vendieron al padre de Helena, pues Witosława podía entenderse con ellos en su lengua. Durante un tiempo Dosia solía visitarla y escuchar sus historias sobre la familia real, historias que no siempre coincidían con la versión oficial de los hechos. Witosława sugería, por ejemplo, que al enviudar Helena, Segismundo la hizo envenenar. Ese era uno de los muchos rumores, que por diversas fuentes llegaban a oídos de Dosia, quien como era pequeña, se podía meter en todas partes. Otro era el del envenenamiento de los dos últimos príncipes de Mazovia, pertenecientes a la dinastía Piast. Lo cierto es que luego de la muerte de éstos, la región de Mazovia, pasó definitivamente a formar parte de Polonia, cosa que convenía tanto a Bona, como a Segismundo.
Es a través de los ojos de Dosia que conocemos a las tres princesas ya mencionadas, Sofía, Ana y Catalina, a su hermana Isabel y a su media hermana Jadwiga, hija de la primera esposa del rey Segismundo. Y a Doña Sofía Szydłowiecka, quien se hacía cargo de las damas del castillo, durante la ausencia de la pareja real. Ausencias que no eran pocas y que podían durar incluso más de dos años. Y es que los reyes, como Reyes de Polonia y Grandes Duques de Lituania tenían una corte y un palacio real, el de Wawel, en Cracovia, y otro en Vilna, la capital de Lituania. Además tenían que hacerse presentes en Lituania, y estar en buenas relaciones con los nobles lituanos, quienes aprobarían quién sería el próximo Duque de Lituania.Y en aquel entonces, tan sólo la travesía entre ambos lugares duraba un mes. Recordemos además que el origen de la dinastía Jagellón era lituano.
Fue en uno de esos viajes, que durante una parada, la princesa Sofía fue mordida  por una serpiente blanca, animal considerado sagrado antes del advenimiento del  cristianismo en Lituania en el siglo XIV. El daño en la pierna mordida le duró de por vida, si bien se hacía más presente los días fríos y húmedos. En los viajes siguientes la pareja real, viajaba acompañada tan sólo por sus hijos mayores, Isabel y Segismundo Augusto. Las otras princesas, Sofía, Ana y Catalina, se quedaban en el Castillo de Wawel. 
Y es a través de Dosia, que conocemos también, si bien tangencialmente, pues la enana no tuvo mayor contacto con ella, a la reina Bona. Y a Diana di Cordona, dama de la Corte, quien llegó acompañando a la reina, desde la lejana Italia. Posteriormente Diana, por encargo de la reina, se convertiría en la maestra de Dosia, enseñándole todo lo que sabía sobre la preparación de brebajes, tanto para el amor y la curación, así como para la muerte. Es decir los venenos.
 Vemos pues, que se trata de un mundo principalmente femenino. Y es que las habitaciones de las damas estaban separadas de las de los varones. Si bien Dosia tenía contacto con los hombres que circulaban por el palacio, entrando y saliendo de él, como los sacerdotes, carpinteros, picapedreros, orfebres, mozos de caballeriza, ayudantes de cocina y muchos otros más, casi no lo tenía con los de la familia real, es decir con el rey Segismundo y su único hijo vivo, Segismundo Augusto. Uno de los hombres mencionados es, por ejemplo, Alantsee, boticario y supuesto productor de venenos por encargo de la reina. El tema de los venenos, es pues, recurrente en la novela.
Ana Jagellón
representada por Jan Matejko
De todas maneras, los hombres son vistos a lo lejos, y siempre, como un peligro o una amenaza en ciernes. Y eso, que Dosia no sabe, que su nacimiento fue producto de una violación. No sabe que su madre, Regina, no pudo negarse a los requerimientos del patrón, en cuya casa servía, simplemente, por no acabar en la calle. Pero que esos encuentros, lo cual no deja de ser asombroso, no le producían ni el más mínimo de placer.
Hasta el matrimonio, al cual por su condición, estaban destinadas las princesas, era una amenaza. Sabían que llegado el tiempo, habrían de dejar a los suyos, y partir a tierras lejanas, al reino o principado del marido que les tocara. Al menos, así es como lo veía Dosia, quien sabía que el maltrato era pan cotidiano para las mujeres, de cualquier condición que fueren. Tenía ya doce años, cuando cierta vez estalló en llanto, diciendo que jamás se casaría, como si no supiera que su destino no dependía de ella, sino de sus dueñas, las princesas Jagellón. Y fue entonces, cuando la princesa Catalina le prometió que eso no pasaría y que ella la llevaría siempre consigo. 
Cosa que realmente sucedió. Dosia acompañó a Catalina, cuando ésta se casó con Juan de Finlandia. La acompañó en la celda del castillo de Gripsholm, donde Erico XIV el Loco, medio hermano de Juan, apresó a éste y su esposa, y donde Catalina dio a luz a Segismundo Vasa, quien posteriormente llegaría a ser rey de Polonia. Y fue Dosia, quien la acompañó en los partos y cuidó de sus hijos, tanto de los tres vivos, como de la mayor, quien murió al año y medio de nacida. Dosia la acompañó, cuando salió de la cárcel y  llegó a ser reina de Suecia, y la cuidó en su lecho de muerte.
Y fue por encargo de Juan que, luego de la muerte de Catalina, Dosia retornó a Polonia, acompañando a Segismundo hijo de éste y de Catalina, quien fue elegido rey por los nobles. Viajó también con ellos la princesa Ana Vasa, hermana de Segismundo. Y es que Dosia era la única que conocía realmente a los dos príncipes, habiéndolos criado desde niños y queriéndolos como si fueran los hijos que nunca tuvo. Fue ella quien le transmitió a la princesa Ana la pasión por las plantas medicinales, al punto de ser ésta considerada hasta ahora, como la madre de la botánica polaca.
Es así, que luego de toda una vida, Dosia se reencontró con Ana Jagellón, la penúltima de las princesas, llamada para aquel entonces la Reina Viuda. De tal modo que Dosia nunca llegó a conocer a su esposo, el rey Esteban Batory. Ya que Batory llegó a Polonia desde Transilvania, se casó con Ana, reinó y falleció, mientras Dosia estaba en Suecia.
Esta reseña, al igual que la narración de la novela, no es cronológica, pues Ana y Dosia son ya dos mujeres mayores, cuando en el jardín del palacio de Varsovia recuerdan conjuntamente, cosas que sucedieron cuando eran niñas. Y ese recuerdo es, a su vez, un recuento de sus propias vidas. El incendio del Castillo de Wawel, cuando fue Dosia quien diera la voz de alarma en 1536. La severidad de la Doña Sofía Szydłowiecka, tratando de imponer el orden y la virtud, en un mundo donde desbordaba el caos. Las conversaciones con la enana Witosława, que Dosia, ni siquiera de vieja, se atrevió a comentar con Ana, pues ésta era muy piadosa. O los sucesivos matrimonios de las princesas en cuestión. El matrimonio de Jadwiga con Joaquín II de Brandenburgo. El matrimonio de Isabel con Juan Zápolya de Hungría, quien le llevaba más de treinta años. El retorno de Isabel a Polonia, doce años después, luego de haber enviudado y de haber sido forzada a entregar la corona de Hungría a los Habsburgo… El matrimonio de Sofía con Enrique II de Brunswick, a la avanzadísima, para la época, edad de 34 años. Las esperanzas fallidas de Dosia, quien esperaba acompañarla para aliviarle los dolores de la pierna. Pero Sofía escogió llevar consigo a la enana Inés, diciendo que Dosia serviría de más apoyo a sus hermanas. El matrimonio de Catalina, a quien Dosia, como ya dijimos, acompañó hasta su lecho de muerte.
Y por último, los sucesivos matrimonios de Segismundo Augusto, hermano de las princesas. El matrimonio con Isabel de Habsburgo, quien sufría de epilepsia, y quien siendo de salud muy frágil, lo dejó prontamente viudo. El matrimonio con Bárbara Radziwiłł contra la voluntad de los nobles, así como de su madre y sus hermanas, quienes en señal de protesta, abandonaron el Castillo de Wawel y se fueron a vivir a Varsovia. La muerte de Bárbara, de la cual Segismundo Augusto acusaba a su madre, la reina Bona, al punto que ésta tuvo que abandonar Polonia. La partida de Bona al principado de Bari, que le correspondía por herencia, donde fue envenenada por encargo de los Habsburgo. El matrimonio de Segismundo Augusto con Catalina de Habsburgo, hermana de su primera esposa, con la cual tampoco tuvo descendencia. El fin de la dinastía Jagellón, luego de apenas tres generaciones en el trono de Polonia…
Para finalizar diremos, que se trata de una novela de más de ochocientas páginas, con muchísimas historias y temas entrelazados, de la cual hemos presentado aquí apenas una pincelada. Recomendamos pues su lectura a quienes dominen el polaco, pues entendemos, que aún no ha sido traducida a otros idiomas.

Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

Ficha bibliográfica:
Anna Brzezińska: "Las hijas de Wawel" (Córki Wawelu)
Cracovia, Wydawnictwo Literackie (Editorial Literaria), 2017
Número de páginas: 835