lunes, 29 de abril de 2019

Sobre la novela "El viaje de los hombres del Libro" de Olga Tokarczuk


Esta será una breve reseña de la novela „El viaje de los hombres del Libro” de Olga Tokarczuk.
La novela gira en torno a un Libro, de cuya existencia se hablaba en las hermandades secretas de París en el siglo XVII. Este Libro, en el cual Dios „había escrito su perfección,  su falta de inicio y su eternidad”*, habría sido dado por Dios a Adán. Pero luego de que Adán buscara un conocimiento que no era divino „Dios se apartó del hombre y le quitó el Libro”.** Sin embargo, Adán le suplicó tanto, que se lo devolvió. El Libro pasó de generación en generación, de Adán a Set y de Set a Enoc. Y cuando Enoc llegó al Cielo, convirtiéndose en ángel „desapareció para siempre el Libro Sagrado. Pero Dios le prometió a Enoc, que llegado el tiempo, lo devolvería a los hombres”.***
Luego no se supo más del Libro, hasta que en 1378, un holandés, cuyos iniciales eran H.C.R., lo llevó de Damasco a Europa. Lo dejó en un monasterio en medio de los Pirineos, prometiéndose a sí mismo, regresar por él, cuando la gente ya estuviera preparada para recibirlo. Fundó una hermandad que había de ocuparse de reformar el mundo. Pero la historia se interpuso, sucediéndose las guerras, una tras otra. Antes de morir, dibujó en un papel, el mapa del lugar donde había dejado el Libro.
El texto referente al Libro se leía al comienzo y al final de las reuniones de la Hermandad Secreta, a la que pertenecían, entre otros, de Chevillon, quien dirigía las reuniones. Cierta vez, éste apareció con la noticia de que había logrado conseguir los mapas del lugar donde se encontraba el Libro. No había pues más que partir al monasterio abandonado, en la sierra del Cadí en los Pirineos, recoger el Libro, cargarlo a lomo de mula y regresar.
Y entonces salió a relucir, que la gran mayoría de los miembros de la Hermandad, no creía en la existencia real del Libro. Algunos lo interpretaban como un símbolo, otros decían que la humanidad aún no estaba preparada para recibirlo. Los únicos dispuestos a partir en la búsqueda del Libro, resultaron ser, de Chevillon, el caballero d’Albi, el Marqués y el banquero de Berle, quien financiaría el viaje.
D’Albi era el menor de todos y estaba enamorado de la cortesana Verónica, a quien había prometido matrimonio. Cosa que, por la diferencia social entre ambos, era imposible de realizarse en París, por lo que le pidió que se uniera al viaje.
Verónica fue la primera en llegar al punto acordado, a una posada en los arrabales de Saint-Antoine, en las afueras de París. Llevaba consigo dos cofres con sus enseres, entre los cuales se encontraba su traje de novia.
Era un día caluroso. Y el hecho de que dejara por primera vez su ciudad natal, más la promesa de matrimonio, la tenían muy emocionada. Luego de un largo rato vio llegar un carruaje. Pero no era el caballero d’Albi, sino los otros dos miembros de la expedición, el Marqués y de Berle. La saludaron con una breve inclinación de cabeza, deduciendo que era la amante de d’Albi, de la que éste les había hablado. El marqués quedó impactado por su belleza inusual.
Pasó una hora más, hasta que finalmente llegó un mensajero con una misiva de parte del caballero. En ésta les contaba que había caído preso por participar en un duelo, cosa prohibida por el rey. Pero que no se preocuparan, porque su padre lo sacaría pronto del apuro y que partieran a esperarlo en la mansión de de Chevillon en Châteauroux, donde iría a alcanzarlos a la brevedad posible. Les encomendaba, asimismo, el cuidado de Verónica, hasta su llegada.
Entonces resultó que el cochero estaba visiblemente enfermo. Decidieron enviarlo de vuelta a casa en el carruaje que el caballero le había prestado a Verónica. Se encontraron ante un dilema, del que los salvó el posadero, ofreciéndoles de cochero a Gauche, el chico que le ayudaba con los caballos.
Gauche, que significa izquierdo en francés, fue un niño expósito, que encontraron las hermanas clarisas un atardecer de invierno, bebe aún, echado sobre la nieve en la puerta del convento. Lo criaron y cuando llegó a ser púber, lo lanzaron al mundo, acompañado de su perro. El chico tenía una conexión especial con los animales, sobre todo con los caballos. Entendía todo, pero no podía hablar.
Partieron pues, apurándose en hacerlo, antes de que cayera la noche. En la posada de Angerville, donde pararon a pasar la noche, se les unió Burling. Era éste un preceptor inglés, quien estaba en ruta, de Fulham cerca a Londres a Toulouse. Allí había de recoger  a su pupilo, quien viajó a aprender francés y modales de mundo; y llevarlo de vuelta a Inglaterra. Prosiguieron el camino juntos y congeniaron tanto, que al llegar al desvío hacia la mansión de de Chevillon, lo invitaron a acompañarlos.
De Chevillon los acogió gustosamente en su casa. Todo su personal de servicio era negro, del color del ébano, cosa que asombró tremendamente a Verónica, quien por primera vez veía algo así. Las paredes estaban cubiertas con diversas pinturas, siendo la preferida del dueño de casa „San Jorge y el dragón” de Paolo Uccello.
Mientras de Chevillon se encerraba con el Marqués y de Berle para llevar a cabo sus reuniones secretas, Burling inspeccionaba los alrededores y Verónica paseaba con Gauche por el jardín. Resultó que el chico sabía también de plantas, no sólo de caballos. Verónica se sentía bien en su compañía, pues al fin había hallado a alguien que la escuchaba, mientras que ella, como cortesana, se había pasado la vida, escuchando las confesiones de otros.
Sin embargo, pasaron varios días y el caballero d’Albi no llegaba. Tampoco había noticias suyas. La espera se estaba prolongando demasiado.
De Berle, preocupado, deseaba regresar a París, donde había dejado a su esposa encinta del próximo hijo y postergar el viaje para la primavera. Por otro lado, de Chevillon, tanto por su edad, como por su estado de salud, no estaba en condiciones de acompañarlos. Al séptimo día de Berle manifestó que retornaba a casa.
- Entonces partiremos sin ti”**** - dijo el Marqués, refiriéndose a sí mismo, Verónica y Gauche.
De Berle protestó, diciendo que eso era una profanación, por tratarse de una mujer y un retrasado mental. Pero al ver que no lograría convencer, ni al Marqués, ni a de Chevillon, se fue tirando la puerta.
Y es que el Marqués tampoco quería seguir esperando al caballero, pues se estaba enamorando perdidamente de Verónica. Así que fue donde Verónica, diciéndole que el caballero la había abandonado y que ya no había para qué esperarlo, declarándole luego su amor. Siendo obviamente aceptado, pues Verónica vivía del amor y para ella el amor lo era todo.
Así que al día siguiente partieron de Châteauroux, despidéndose efusivamente de de Chevillon, quien se quedaría esperando a que retornaran con el Libro, sin saber que fallecería poco tiempo después. Se les unió Burling, quien los acompañó hasta el desvío hacia Toulouse. 
Corría el año de 1685. El Rey Luis XIV había emitido un edicto, según el cual, los hugonotes, o se convertían al catolicismo, o se veían obligados a abandonar el país. Los caminos estaban atestados de gente. De familias enteras que avanzaban con sus enseres rumbo al norte, a comenzar una nueva vida en los Países Bajos.
El Marqués pensó por un momento en su madre, que era protestante y de quien se había distanciado, al convertirse al catolicismo en un acto de rebeldía.
Mientras tanto, en el carruaje, tal como lo hiciera desde que se conocieron en la posada de Angerville, Burling citaba a los poetas ingleses, enredándose en interminables discusiones filosóficas con el Marqués. En un arrebato de sinceridad, este último le habló del Libro, confesándole el motivo del viaje.
Burling se despidió finalmente, octubre se transformó en noviembre y llegaron a los Pirineos. Dejaron el carruaje, hecho para las llanuras, en una posada y siguieron viaje a caballo. Cierta noche no encontraron ninguna posada, teniendo que dormir entre las rocas, a la luz de las estrellas.
Al atardecer siguiente llegaron a la pequeña ciudad de Montréjeau entre los cerros. El único hombre que accedió a hablar con ellos, les dijo que todo estaba cerrado a causa de la peste y que partieran de allí cuanto antes.
Siguieron avanzando y cuando la oscuridad se hizo total y el camino se convirtió en un sendero pedregoso, dieron con una casa de piedra, clavada en la pared del cerro. La mujer que les abrió la puerta, fue a llamar a un anciano, quien los invitó a pasar adentro, sin escuchar lo que decían. Tan sólo los caballos se quedaron afuera, pues la casa no tenía establo.
Al día siguiente, durante el desayuno en una terraza por la que corría el viento, el dueño de casa se presentó diciendo llamarse Delabranche. Y sin esperar a que se lo dijeran, manifestó saber que estaban en ruta a la sierra del Cadí en España. Dijo también, que aproximadamente una vez cada cien años, alguien iniciaba esa travesía. Ante las preguntas de sus huéspedes, dijo ser un médico y ermitaño.
Luego del desayuno los invitó a ver la casa, la cual estaba cavada en la roca. Bajaron por unas gradas empinadas, hacia un pasadizo que daba a diferentes habitaciones. Una de ellas era un taller de alquimia, con todos los aparatos para destilar metales. Esta habitación conducía a otra, en la cual, en un pote, sobre la mesa, flotaba el homúnculo. 
Era un pequeño ser humano, totalmente desnudo, de rostro hermoso, piel pálida, casi fosforescente y cabello negro. „Sus inmensos ojos negros expresaban una inteligencia sobrehumana”. ***** No tenía ombligo, tetillas ni tampoco sexo. Se sostenía en el agua, sin mover brazos ni piernas. Contemplaba fríamente a los visitantes, con una expresión de arrogancia.
Delabranche le dio de beber la gota dorada de un líquido que se hallaba en un frasco al costado.
- Lo alimento con la esencia de mi sangre” - dijo - „Arcanum sanguinis humani. En cierto sentido es mi hijo”.****** 
Dijo también estar preocupado, por no saber quién lo alimentaría, cuando él muriera. A lo que Verónica se ofreció a hacerlo con su propia sangre.
Durante todo el día siguieron visitando la extraña casa, incluyendo la biblioteca de Delabranche, que era impresionante. Al anochecer se repusieron de tan agotadora visita, con tartas y vino caliente, ya que en casa de Delabranche, no se servía carne. Luego éste los invitó nuevamente a la biblioteca, donde les mostró el manuscrito de su obra: „La taumatología o sobre las cosas milagrosas”. Gauche, mientras tanto, fue a ver al perro y los caballos y Verónica se dormía, así que el único interlocutor del dueño de casa, resultó siendo el Marqués.
Hablaron, entre otras cosas, sobre la revelación y Delabranche dijo: „La sabiduría que procede de la revelación no es transmisible”.******* 
Hablaron sobre los milagros y Delabranche dijo:
„- No hay milagros en el sentido literal. Si todo contiene todo, si está claro que cualquier cosa puede transformarse en otra, no puede haber milagros, ante los cuales habría que caer de rodillas. Aquello que considerábamos un milagro, era en realidad, un intento por definir un fenómeno inusual de causas desconocidas. Dios no crearía las leyes que rigen este mundo, para luego quebrarlas”.********
El Marqués se puso a hojear los varios tomos del libro, el cual contenía tales capítulos, como: „Tratado sobre los imanes”, „Las predicciones naturales del futuro”, „Sobre la curación a través de la belleza” y muchos otros más. En el capítulo „Sobre la partenogénesis” el autor argumentaba que ésta „sucede entre los humanos una vez cada ciento veinte años y siempre en primavera.”*********
El último capítulo trataba sobre el homúnculo y estaba trabajado al detalle. En el párrafo final decía: „De todas las criaturas creadas por Dios, el ser humano es la más perfecta (…) y si éste logra el conocimiento para llamar a la vida a otro ser humano, no mediante la vía de la procreación natural, sino a través de la razón, esa chispa divina en cada uno de nosotros, eso significa que finalizó un ciclo en su desarrollo. Tal vez, de esa manera, se redimió para siempre el pecado original, iniciándose desde aquí el siguiente paso hacia Dios”.**********
El Marqués manifestó estar impresionado con tamaña obra, diciendo, sin embargo, al final:
„- Toda obra humana será siempre el reflejo de algo más perfecto. Todo libro escrito por el hombre es un reflejo de aquel Libro. Vivimos en un mundo de reflejos, sombras, imperfecciones, lo cual no significa que la perfección pura no exista”.*********** 
Antes de que partieran, Delabranche les preparó varios mapas, indicándoles por donde evadir los puestos fronterizos españoles, que les exigirían el certificado de haber pasado la cuarentena. Dijo que Verónica no se veía bien, por lo que le dio un frasquito con quinina. 
„- Tú, señor, tampoco te ves bien” - le dijo al Marqués - „Llevas en el rostro la sombra de Saturno”.************
Al día siguiente retomaron el viaje. Dejaron los caballos, llevándose a las mulas de Delabranche, animales más resistentes para avanzar por los caminos que los esperaban. Lograron pasar desapercibidos la línea fronteriza. La geografía era cada vez más abrupta, los terrenos más despoblados y el clima más inclemente.
Llegaron a un pequeño poblado, donde pidieron un guía que los condujera hacia la sierra del Cadí. Pero los pobladores se negaron, diciendo que ése era uno de lo últimos lugares donde habitaban los dragones. Dejaron allí a una de las mulas, a modo de pago, por el hospedaje y la comida miserable.
La primera en sentir los síntomas de la enfermedad fue Verónica. A pesar de la quinina que le había dejado Delabranche, murió poco tiempo después. El Marqués y Gauche la cubrieron con piedras a modo de entierro, pues no había como cavar la roca y siguieron camino. 
Siguieron avanzando hasta el final de la meseta. Y de pronto el Marqués vio lo que buscaba. Lo que antes aparecía cubierto por la niebla, era un valle hermoso, lleno de verdor y flores, como si fuera primavera, con unas ruinas al medio.
Pero el Marqués, de quien también se había apoderado la enfermedad, ya no tenía fuerzas para avanzar. Le encargó a Gauche que bajara y le trajera el Libro. Al comprender que se estaba muriendo, se asombró, „pues no creyó que el morir pudiera ser tan jugoso, tan claro y tan lleno de movimiento”.************* 
Si bien arriba corría el viento helado y la nieve, el valle era cálido, lleno de frutas y de un verdor que embriagaba. Gauche cogió unas cuantas frutillas y se las llevó al Marqués, pero lo encontró muerto.
Volvió a bajar al valle, en medio del cual había una fuente, en la que Gauche se lavó y de la cual bebió agua. Al fondo había una iglesia, con la puerta entreabierta, hacia la cual Gauche avanzó, luego de saciarse de frutas silvestres. Al fondo de la iglesia, en el lugar del altar, había un pozo. Gauche bajó por sus escalinatas internas, llegando a una habitación, cuyas paredes desprendían una clara luminosidad.
Y allí dentro, encima del único anaquel, estaba realmente el Libro. Empezó a hojearlo, sin entender qué significaban esos signos negros que cubrían sus páginas, pues nadie le había enseñado a leer ni a escribir.
¿Y eso era todo?, se preguntó decepcionado, ¿para eso habían hecho el esfuerzo descomunal de llegar hasta allí?
Y entonces sucedió el milagro. En medio del sollozo, causado por la impotencia que lo embargaba, Gauche gimió de verdad y dijo:
- Soy Gauche.
¡Al fin podía hablar! ¡Se había cumplido el sueño de toda su vida!
Salió corriendo y le dijo a su perro amarillo que lo había seguido hasta allí:
- Gauche. Soy Gauche.
Recordó entonces que tenía que desatar a la mula, antes de que cayera la noche y se la llevaran el viento y la nieve. Y luego partir de vuelta hacia la casa de Delabranche, a recoger a los caballos que tanto quería.
Siguió pues corriendo, dejando en su lugar el Libro que pudo haberle devuelto la vida al Marqués, a Verónica y a de Chevillon…

* Olga Tokarczuk: „El viaje de los hombres del Libro”, p. 20
** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 20 
*** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 21
**** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 110
***** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 172
****** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 173
******* Olga Tokarczuk, op. cit., p. 181
******** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 184
********* Olga Tokarczuk, op. cit., p. 185
********** Olga Tokarczuk, op. cit., Pp. 185 - 186
*********** Olga Tokarczuk, op. cit., p. 186
************ Olga Tokarczuk, op. cit., p. 188
************* Olga Tokarczuk, op. cit., p. 236
Traducción: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski


Ficha bibliográfica:
Olga Tokarczuk: „El viaje de los hombres del Libro" (Podróż ludzi Księgi)
Cracovia, Wydawnictwo Literackie, 2019
Número de páginas: 256

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