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martes, 8 de marzo de 2022

De naturaleza inútil

La cultura aún no protegió a nadie ante la guerra. Al menos no ante un avión, un tanque, un soldado. Nunca desvió el curso de un misil, el estallido de una bomba, el disparo de un arma. La cultura en un conflicto pareciera pues ser inútil. No tiene ninguna capacidad de lucha, es difícil mandarla al frente, no se construirá con ella ningún refugio ni búnker.

 

Pero simultáneamente - en el fondo del corazón, todos sabemos que esa es una verdad a medias. Cuando empacas todos tus enseres y te escapas, no sacarás los libros del estante, no meterás el reproductor de discos dentro de tu mochila. Te llevarás lo más importante. Pero luego, de noche, cuando esperas, cuando no puedes dormir, allí se desarrolla otra guerra. Por tu corazón, tu mente y tu alma. Y entonces la cultura resulta de pronto ser útil. Cual un dique contra una programación malévola, que pretende infectar todos los archivos de tu cerebro.

 

Por eso en tiempos de guerra la gente escribe poesía, aunque la poesía parece lo más inútil de todo. Pero  si lo escribes, si te concentras en poner en palabras aquello, que no puedes captar con la razón, entonces de alguna manera, dibujas tu propia imagen de lo que está sucediendo. Porque lo escrito se torna verdadero. Lo escrito queda domesticado de alguna manera. Lo escrito significa que existe y que, si bien no tenemos control sobre el mundo, lo tenemos sobre las palabras.

 

La cultura permite tomar aire, capturar un fragmento de nuestra experiencia común como humanos, convencernos por un instante que no estamos solos. Nos sirve también para no pensar obsesivamente en lo mismo, no marcar todo el tiempo el mismo número de teléfono, poner algo para distraer al niño, porque las horas son largas, la noche es larga, el viaje es largo. A veces la cultura nos da algo, que no nos puede dar nada más - cuando la gente no sabe qué hacer canta junta y a veces, por una extraña razón, eso cambia algo, si no en la realidad, sí en los corazones.


Cuando se eleva el polvo de la guerra, pareciera que la cultura no defenderá a nadie ante nada, más cuando cae, resulta que salva los corazones, la mente y a veces el alma. Nos da fuerzas para luchar, nos da una conciencia e identidad común a defender. Nos da puntos de referencia en común, que hacen, que podamos decirnos mucho, con la sola línea de un texto, una canción, la alusión a un chiste estúpido. Un código de guerra privado indescifrable, que nadie puede quebrar, porque es „nuestro”.

 

Porque la isla en la que cayeron los soldados, es la isla donde enterraron a Aquiles, porque lo que dijeron, suena como una cita que nos resuena en la cabeza, sobre la guardia, que perece, pero no se rinde. Porque movilizan en nosotros todas esas metáforas poéticas - porque de pronto nos cuadra más que nunca el fragmento del  poema „Reducto de Ordon”*, porque el esquema del heroísmo se inscribe en lo que nos enseñaron en múltiples textos y que vimos por nuestra cuenta en múltiples películas. Nutrimos la cultura con lo que sentimos, la cultura se entrelaza con la propaganda - no la  nefasta, sino la bien entendida, la que nos permite levantar los ánimos. La cultura transforma los hechos en relatos y los relatos en narraciones, que luego fluyen a través de nuestra memoria y sensibilidad. 


El humor, que es parte de la cultura, aunque impensable al inicio de la guerra, luego se convierte también en una válvula de escape. Los chistes europeos nos divierten, los que llegan de Ucrania nos hacen un nudo en la garganta, los de Estado Unidos nos sacan de quicio. Esa parte de la cultura nos muestra dónde está la percepción de lo que sucede, quién entiende qué cosa de ese gran mapa. Si existiera una tira reactiva, que permitiera determinar - quién se ubica dónde en esta guerra, la mejor prueba es el humor. Dime de qué y cómo bromeas y te diré dónde estás.

 

Finalmente - dentro de un tiempo, aunque parezca increíble, trataremos de contarnos todo esto. Escribir, hacer una película, escoger a los actores, elegir las palabras y señales. Crearemos una imagen que plasmaremos en la memoria y los corazones. Lo haremos, porque así lo hacemos con cada guerra. Hablamos sobre ella, porque no sabemos  hacerlo de otra manera, porque la necesidad de narrar es tan grande, que nada la detendrá. Y esta guerra también la inscribiremos como parte de la cultura - porque es nuestro gran catálogo de vivencias, que no podemos digerir a solas.  


No sé sobre las guerras nada más de lo que me enseñaron, lo que leí, lo que me contaron. Pero casi en todas las narraciones aparecía una voz que decía, que la cultura ayudaba a la gente, que era su punto de referencia, que su preciosa inutilidad en un mundo en el que todo se califica según su utilidad en el esfuerzo de la guerra - se convertía en invalorable a su manera. En contra de todos los esquemas que uno tiene en la cabeza, donde no hay nada aparte del dolor, el sacrificio y el pavor - la gente necesitaba también cosas básicamente inútiles. Que no cuadraban absolutamente con los esquemas. Me parece que la gente no han cambiado. Y creo que no cambiará nunca.



 * Poema épico de Adam Mickiewicz, en el que el personaje titular Ordon, prefiere la muerte a caer en manos enemigas, las del Ejército del Zar de Rusia.




Publicado por Katarzyna Czajka-Kominiarczuk en el blog zwierz popkuturalny (animal de la cultura pop) el 26 de febrero del 2022, a dos días de la invasión de Rusia a Ucrania.

Traducción y notas de Isabel Sabogal Dunin-Borkowski


jueves, 22 de noviembre de 2018

Sobre los poseedores de zapatos de invierno

Presentamos aquí el segundo texto de Katarzyna Czajka - Kominiarczuk, historiadora y crítica de cine. La autora está haciendo actualmente un doctorado en Sociología en la Universidad de Varsovia y escribiendo en el blog Zwierz popkulturalny (Animal de la cultura pop), del cual provienen estas líneas.

Miro por la ventana y sé que debo encontrar mis zapatos de invierno. No hay salida - una ligera capa de nieve cubre la calle. Seguramente está resbaloso. Y yo no sé dónde he puesto los zapatos de invierno con una suela realmente gruesa. Al buscarlos nerviosamente en el pasadizo, se me ocurre pensar en cuánto significa el hecho de poseer zapatos de invierno.

Tengo zapatos para el verano, tan ligeros, que siento cada rugosidad de la vereda, y otros para la primavera - cerrados, porque aún puede llover. Tengo unos para el otoño temprano y otros para cuando noviembre llega con la lluvia; para un invierno ligero y para un invierno tardío. Tengo zapatos con suelas gruesas y delgadas, forrados y ligeros. Zapatos para cada estación del año. No aquellas cuatro, marcadas por la división más simple, sino al menos seis. Pues cualquiera te dirá que no se atraviesa el comienzo de octubre, con los mismos zapatos, que el fin de noviembre. 

También tengo casacas. Una ligera para el verano, como para echarla en la mochila, por si pudiera llover; y otra de cuero, para setiembre, por si, de vez en cuando, sople un viento más frío. La ligera de otoño, para cuando hay que abrocharse y la más cálida, para las noches en las que soñamos con tener la calefacción prendida*. El abrigo invernal de rigor, para los días cuando estar en el paradero pareciera ser comparable a la conquista del polo. Añadamos a eso los gorros, bufandas, chales, guantes - los que tienen dedos y los que no los tienen. Medias abrigadas, camisetas, el bolso con la ropa de invierno, el bolso con la veraniega. Luego de unos cuantos meses, saludos y despedidas. Hasta luego, vestido ligero; buenos días, falda de lana; hasta luego, gorrito; hola pañolón. Ciclo inacabable de mover las cosas de un lugar a otro, igual nunca caben todas.

En medio de toda esa caravana de cambios de vestuario, siempre me pregunto, ¿cuánto define quién soy el hecho de la necesidad de poseer zapatos de invierno? Con cuánta facilidad asumimos totalmente la responsabilidad de quiénes somos. Obviamente, consideramos la influencia de la familia o la posición social, ¿pero del clima? Sin bromas.  Empero, cada vez que inicio mi limitación de movimientos invernal - pues cada movimiento innecesario de la mano es una pérdida de calor, me pregunto si sería acaso la misma persona, al no helarme. Pues hay gente en el mundo, que no conoce ese frío que te cala por dentro, cuando en una tarde de invierno esperas el bus, luego del anochecer. Que no conoce la sensación de replegarse sobre sí mismo, para no sentir ese viento terrible. Seguramente tampoco saben lo extrañamente maravilloso que es, cuando al fin, después de todo le invierno, se calza zapatos más ligeros y de pronto se siente con mayor intensidad el mundo bajo los pies. No como cuando una suela gruesa nos separa de él.

Y además eso no es todo. Desde octubre empezamos a vivir en un mundo, cuya falta de luz aceptamos con humildad. Nos arrimamos a las lámparas y lucecitas, tenemos visiones de una avería en el sistema de cómputo, que nos permitiera quedarnos en casa. Y es que salimos de ella cuando es oscuro, regresamos cuando es oscuro y el resto del tiempo lo pasamos suspendidos en un gris sombrío. Como que no llevamos la cuenta, pero en realidad la llevamos, de cuando el día empieza nuevamente a desarrollarse, se nos hace más fácil vivir, hasta lograr la plenitud en aquel instante veraniego, en el cual nos acostamos de día y nos levantamos de día. La clara división de las estaciones del año, facilita además, la ubicación en el tiempo. Ya florecen las lilas, hay castaños, todavía hay cerezas, los árboles ya lucen anaranjados, los charcos se cubrieron temprano de hielo, la primera nieve, los primeros brotes en los árboles. Cierras los ojos y puedes situar el recuerdo, ni siquiera ya en el día o el mes, sino también en el color cambiante de las hojas de los árboles.

Hay lugares en el mundo donde la temperatura es siempre más o menos similar. Donde la duración de los días y noches casi no varía. Hay países con un clima tan fijo, que cualquier desviación levanta sospechas. Hay gente que jamás tuvo que comprar zapatos de invierno. Y aquellos que sobrevivieron a la época de lluvias. Hay noches blancas y los crudísimos inviernos del Norte. Mientras sigo en el pasadizo, preguntándome dónde es que están mis zapatos, altos, pesados y un tanto grandes - como para contener medias gruesas, pienso un instante en todos esos lugares en los que siempre hace calor. ¿Seguiríamos siendo acaso nosotros mismos sin aquella entrañable añoranza del sol, sin la baja de ánimo en otoño, sin el conteo mental de los días y semanas que nos separan de la primavera? ¿Se apagaría acaso ese conteo, cayendo en su letargo específico, al tener en mente un sólo y único pensamiento: „Hasta la primavera, tan sólo hasta la primavera”. ¿Acaso trabajaría igual, pensaría igual, si no hubiera esa oscuridad que cubre la tierra de octubre a enero, haciéndome pensar en la cama, como en el lugar más hermoso del mundo? ¿Acaso se puede ser realmente feliz en un país en el que te hielas? ¿Acaso se puede ser realmente productivo, viviendo en una de esas cálidas latitudes geográficas?

Me viene a la mente la idea que tal vez no sea cierto, que lo que más divide a la gente en el mundo son las creencias religiosas y opiniones. Pues, finalmente, eso se puede vencer   a través del debate, el conocimiento mutuo, la conversación. Pero nada cambiará el hecho de que un habitante promedio de Egipto verá la nieve sólo unas cuantas veces en su vida, o que hay lugares en Kenia, donde la temperatura siempre es la misma - tan, pero tan fija, que para un keniano, el clima de Polonia puede ser demasiado cálido o demasiado frío. Qué lejos estamos de sí en esos recuerdos, en esa percepción del mundo. Qué extraño es vivir en Polonia, donde no soportamos el frío de los pueblos del norte, pero tampoco podemos gozar de la suavidad de los climas del Sur. Tal vez sea eso lo que nos convierte en seres tan taciturnos, suspendidos en la impotencia climática. ¿Acaso no deberíamos conversar con más frecuencia sobre hasta qué punto somos hijos del clima en el que vivimos? Tal vez eso haría que empezáramos a considerar la lucha por frenar los cambios climáticos como algo que atañe, no sólo a los científicos, sino también a nosotros mismos. No quiero pensar en un futuro en el que no conozca la nieve.

Al fin encuentro mis, un tanto grandes, zapatos de otoño. (Al menos cabrán las medias).  Si llueve demasiado, se mojarán y recordaré nuevamente lo terribles que son los zapatos mojados. En un momento me acuerdo de las huacas piramidales limeñas - están hechas de adobe, pero como allí nunca llueve, las huacas se yerguen desde hace años. Pienso que aquí no duraría mucho. Anudo la bufanda a la altura del cuello, y trato, al cerrar la casaca, de no dañar ningún fleco con el cierre automático; y pienso en cuánto toda esa ropa limitará mis movimientos, de qué manera tendré que planificar mi día, para cuánto menos, tener que ponérmela y sacármela. Al ajustar el gorro sobre las orejas, llego a la conclusión de que no sería yo misma, si no conociera esa sensación de pesadilla del cabello electrizado, bajo el gorro. Al ponerme los guantes, que convierten cada actividad en diez veces más difícil, se me ocurre la idea, de que hasta el uso de los teléfonos móviles me marca el paso del cambio de las estaciones. Cuando en noviembre empieza a llover a cántaros, el celular aterriza irreversiblemente al fondo de la mochila. Igual hace demasiado frío como para sostenerlo en la mano.

Al abrir la puerta hacia el mundo gris veo, que una ligera capa de nieve cubre las siguientes gradas de la entrada al edificio. Hago el primer paso. Está resbaloso, así que me voy de largo dos gradas hacia abajo. Al recuperar el equilibrio, respiro profundamente. Sigo viva. Mañana, indefectiblemente mañana, debo encontrar mis zapatos de invierno.

Katarzyna Czajka-Kominiarczuk
Traducción y notas: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

* En los edificios conectados a la red de Calefacción Central, los usuarios no deciden cuando es que ésta empieza a funcionar.


Nota: Estas líneas fueron escritas en diciembre del 2017, pocos meses ante de que empezaran a sentirse los efectos del cambio climático en Polonia. De todas maneras, el clima no ha cambiado aún del todo, por lo que esperamos que sirvan de guía para quien se sienta perdido en la realidad climática polaca.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Comentario a "Europa entre Oriente y Occidente" de Norman Davies


Escribo esta nota tan sólo para comentar que acabé de leer el libro “Europa entre Oriente y Occidente” (“Europe Este and West”) de Norman Davies y que me siento casi plenamente identificada con el mismo. Al fin alguien puso en palabras lo que yo sentía al estudiar una historia o literatura “universal” que ignoraba totalmente la parte de Europa en la que están Polonia, Lituania, Bielorrusia y demás, vale decir la mitad de mi ser y mis raíces, como si ésta no existiera. Como si la mitad de mi ser procediera de no sé sabe donde, de algún lugar perdido cual el país del nunca jamás o la región detrás del espejo a la que llegara Alicia. Como si lo único que existiera de Polonia fueran los nazis persiguiendo judíos; y como si nunca hubiera muerto toda la gente que murió por arriesgarse a llevar libros en polaco en maletas de doble fondo, por atreverse a publicar poemas en polaco en imprentas clandestinas, o simplemente, por ser polacos, aunque no judíos. Como si no hubieran existido ni Broniewski, ni Baczyński, ni Słowacki y como si el idioma polaco fuera tan sólo un dialecto menor del ruso...
Ya Miłosz había escrito sobre el tema, pero él se había criado, como él mismo decía, en el límite entre Roma y Bizancio y se declaraba el último ciudadano del Gran Principado de Lituania. Su experiencia es la experiencia de la generación de mi madre, la última generación de los polacos "orientales". En cambio Davies es alguien que se formó en el ambiente educativo y académico "occidental", aquel que ignoraba y me parece que sigue ignorando olímpicamente la existencia de la otra Europa, la Europa "oriental". En ese sentido siento la experiencia de Davies como bastante cercana a la mía.
Otro aporte interesante de este libro es el concepto de clasicidio, el cual indica la matanza en masa de un grupo humano, debido a su origen de clase, así como el genocidio lo es de un grupo humano, debido a su origen étnico. Nunca había escuchado hablar de ese concepto, a pesar de haber sido ésa una de las mayores plagas del siglo XX.

Lima, 14 de junio del 2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

Esbozo de ensayo sobre el pensamiento positivista

Según Ouspensky el positivismo es el período más negro en la historia del pensamiento humano. Se pierde en detalles inocuos que no vienen al caso. El ejemplo que da es el siguiente: para el pensamiento positivista los pájaros cantan, porque ese canto atrae a las hembras y así se reproducen sexualmente. Cuando tal vez la razón misma de su reproducción y existencia sea la de embellecer con su canto la tierra. Según “El Arqueometro” de Saint-Yves d'Alveydre la educación pagana no es una cosa casual, sino que hay seres, potencias negativas que están detrás de ello. Swedenborg, citado por Borges, trata como si nada historias del Cielo y el Infierno, de ángeles y demonios, caídas y subidas del alma como cosas ciertas. Mi novela no tiene pues nada de nuevo. Incluso se sitúa dentro de la ficción, no como Ouspensky o Saint-Yves. Los indios ven encantos e ichiqolqos como si nada, tan reales como la mesa y el pan. Para lo único que me ha servido escribir esta novela es para ir descubriendo todo esto poco a poco. Al igual que García Márquez cuando supo que había un hombre con cola de iguana en Barranquilla. Cuánta más ficción uno crea, más se da cuenta de que es más real de lo que creía. Por lo tanto quien pretenda quedarse con el concepto de lo que es “real” sólo para su cultura o para la cultura oficial de la cual pretende ser parte, se pone anteojeras voluntariamente. Quien quiera romper o superar su condición cultural, social, etc., ha de romper todos esos atavismos, toda esa manera de ver el mundo, que se nos trató de inculcar desde pequeños. Sino seguiremos como los demonios de la novela, creyéndonos todo lo que la cúpula demoníaca conceptúa para conquistar el mundo.
No sé aún como formularlo, pero las ciencias sociales no llegarán a nada ni en este país, ni en el mundo entero, mientras no consideren todos los elementos de la cultura estudiada como reales, en el real sentido de la palabra, como la mesa y el pan. Mientras se considere que el ichiqolqo es una creencia, una sugestión o Dios sabe que, porque yo no lo veo, así mil indios lo vean, no se llegará a nada. Hasta los españoles eran más respetuosos en eso, porque consideraban que los indios hablaban con el demonio. Negativizaban al otro ser, pero lo situaban dentro de lo real. No como ahora que se considera que el indio es como un niño, que no sabe ni lo que ve, ni lo que dice. Ningún libro que yo haya leído hasta ahora trata el problema de frente. Todos lo eluden, lo evaden, incluso Dumézil o Nathan Wachtel. Hablan de que lo importante es el simbolismo y no el hecho real, no el que haya sucedido realmente o no. Tal vez Szemiński sea el único que se libre, el más imparcial y más respetuoso, pero esa es su manera de ser hasta en lo diario. Y yo creo que si es importante el hecho real. Creo que tan sólo considerándolo real, se revalorizará una cultura vejada desde hace tantos siglos. No eludiéndolo. Quisiera reformular todo esto en un lenguaje más teórico y asequible, pero aún no sé como.
Lima, 17 de julio de 1985

El dibujo del mundo

- Vas haciendo el mundo todos los días tal cual te lo enseñaron – como decía don Juan. Y como dijera yo alguna vez: “Aquellos que nos hemos criado a caballazo entre varias culturas sabemos que la realidad no es algo concreto y tangible, sino una materia informe que vamos modelando día a día, como si reconstruyéramos eternamente el jardín del Edén. Entonces, sabiendo que todo es una ilusión elegiré para mi no aquello que supuestamente coincide con mi condición social, sexo y edad, sino lo más hermoso.”
Así escribía yo hace siete años, creyendo en la ilusión loca de mi juventud de aquel entonces, pues a los treinta años aún era una niña, que el dibujo que iba a hacer de mi vida, iba a ser trazado a trazos limpios y firmes, guiados únicamente por mi mano. Pero el dibujo no lo hago sólo yo, participan en él otras personas, cercanas y lejanas, y la sociedad o sociedades circundantes que se interponen con sus dibujos propios, haciendo lo imposible por agujerear el mío. Entonces hay que tener la fuerza de un titán, oh Dios mío, la fuerza que a veces me falta, para hacer oídos sordos y seguir el camino y el rumbo que nos hemos propuesto trazar.
Porque la sociedad circundante te lo perdona todo: el robo, la traición, el asesinato, menos el hecho de que vivas trazando un dibujo que no es el suyo. Pues entonces sale a relucir que la realidad en la que creen incondicionalmente es tan sólo una ilusión, y la tierra firme que están pisando se torna un lodo pantanoso en el cual pueden hundirse. Entonces, antes de hundirse ellos, utilizan todas las mañas posibles por hundirte a ti, para así poder volver a sentir que lo que pisan es tierra firme, roca de los cerros y no un mar ondulante que no se puede arar ni cosechar.

Cracovia, 1992

Publicado en el libro "Un chin de amor" de Pedro Granados.

jueves, 15 de mayo de 2008

Sobre la elección de la lengua literaria

El día de hoy hablaremos sobre la literatura escrita por mujeres a través de la historia. Para ello me he centrado en presentar la obra de dos autoras, una de las cuales obtuvo el Premio Nobel de Literatura, el galardón máximo en el ramo. A continuación comentaré la obra de Pearl Buck, premio Nobel de Literatura 1938, y de Alejandra David-Neel. He escogido los nombres de estas autoras y no de alguna del ámbito latinoamericano o andino, porque considero que habiendo tenido la oportunidad de nutrirme de la savia de varias culturas es mi deber el acercar la riqueza de unas a las otras.
Pearl Buck, narradora norteamericana, premio Nobel de Literatura 1938, autora de muchas novelas y relatos sobre la China, país en el que pasó gran parte de su infancia y al que retornó como mujer adulta. Carmen Virgili nos dice de Pearl Buck: "Su niñez transcurrió en China, y allí volvió después de terminar sus estudios en los Estados Unidos, para acercarnos a ese lejano Oriente, para ofrecernos, a través de sus obras, una visión auténtica de sus realidades más íntimas. Incluso ha querido traducir para nosotros la novela clásica china Shui Hu Chan, escrita en el siglo XIII".
Si bien Alejandra David-Neel jamás obtuvo el premio Nobel ni se movía en los círculos literarios de occidente he decidido incluir su nombre en este comentario por algunos rasgos paralelos que noto entre su obra y la de Pearl Buck. Alejandra David-Neel era francesa y la lengua en la que escribía era el francés. Ingresó al Tibet en una época en la que este ingreso estaba vedado a los extranjeros. Estamos hablando de los años '20. Aprendió el tibetano y llegó a complementarse plenamente con esa cultura, estudiando y practicando la religión del lugar, el budismo. No teniendo hijos propios, adoptó y crió a un niño tibetano, quien posteriormente sería conocido como Lama Yondgen, con quien escribió algunas de sus obras. Escribió más de cuarenta libros, entre ensayos y novelas. Su obra más conocida es “Místicos y magos del Tibet.” Llegó a vivir ciento un años, ya que nació en 1868 y murió en 1969. Así como Pearl Buck acercó a occidente las maravillas de la cultura china, escribiendo en una lengua occidental como es el inglés, así Alejandra David-Neel dio a conocer en Occidente la cultura tibetana, describiendo ese mundo en francés.
Salvando las distancias, podríamos compararlas de alguna manera con José María Arguedas, quien mostró al mundo criollo lo vigente y maravilloso del mundo andino. Estas tres personas sirvieron de puente entre las culturas en las que se habían criado o a las que pertenecían. Puesto que, así como dije en la presentación de mi novela “Entre el Cielo y el Infierno, un Universo dividido” en 1989: “Aquellos que nos hemos criado a caballazo entre varias culturas, sabemos que la realidad no es algo concreto y tangible, sino una materia informe que vamos modelando día a día, como si reconstruyéramos eternamente el jardín del Edén.” Y aquí pasamos a otro tema fundamental que es el del idioma en el que uno escribe. Para la gran mayoría de escritores el idioma es algo que ya está dado de por si, no es algo que se elige. Pero hay algunos casos, en los que tenemos la capacidad de elegir el idioma en el que escribiremos e incluso de cambiar de idioma literario. Arguedas se decidió finalmente por el castellano para mostrar el mundo quechua a otras gentes. Pearl Buck pudo haber escrito en chino, porque lo hablaba desde niña, pero se decidió por el inglés para mostrar el mundo chino que tanto amaba. Alejandra David-Neel fue la única europea que durante años vivió en el Tibet, en una época en la que este país estaba totalmente aislado de los demás y la única lengua en la que se comunicaba era el tibetano. Sin embargo se decidió por escribir en francés, para dar a conocer ese mundo que tanto amaba. Y aquí pasamos a preguntarnos cuál es la importancia de dar a conocer una cultura o un mundo que se ama a otro. Y responderé con una cita de Hans Urs von Balthasar: „Ahora bien, sentir algo como plenamente real es amar. El amor nos despierta a la realidad de nosotros mismos, a la realidad de los demás, a la realidad del mundo... y a la realidad de Dios. Nos amamos a nosotros mismos por cuanto nos sentimos reales. Y no amamos - o no tanto como a nosotros mismos - a los demás seres que nos parecen menos reales.” Y estas palabras cobran más fuerza en estos momentos cruciales por los que atraviesa el país, luego del informe de la Comisión de la Verdad. Bien, volviendo al tema de la importancia del idioma mencionaremos algunos casos más de autores que se vieron forzados a cambiar de idioma para entrar en el cauce por así decirlo de la literatura universal. Mircea Eliade, autor de libros sobre una búsqueda de elementos comunes subyacentes a todas las religiones, no se hubiera hecho tan conocido, sino se hubiera pasado del rumano, su lengua materna, al francés. Lo mismo podemos decir de Vladimir Nabokov, autor de la famosa novela “Lolita”, quien se pasó del ruso al inglés. En cuanto a Witold Gombrowicz tradujo con la ayuda de sus discípulos su novela "Ferdydurke" del polaco al castellano para poder abrirse campo en el mundo hispano y trascender las fronteras de la lengua polaca. Pero el caso más drástico creo que es el de Arthur Koestler, quien comenzó escribiendo en húngaro, se pasó luego al alemán y de allí al inglés. Respecto a esto Arthur Koestler nos dice en su autobiografía: “Los escritores húngaros sólo podían asegurarse un amplio público emigrando y aprendiendo a escribir en la lengua de su país de adopción. Pero abandonar la lengua y las tradiciones nativas supone, en la mayor parte de los casos, la muerte del escritor como tal, que se transforma así en un periodista cosmopolita, sin rasgos profundos, o en un obrero de las letras. (...) Los que se quedaban en la patria estaban condenados a escribir para un público reducido, mimado y saturado. Los principales poetas y novelistas húngaros, desde 1920 a 1940, habrían ocupado un puesto de honor en la literatura de cualquier gran nación". He tocado el tema del idioma porque lo considero vigente acá, en nuestra realidad cultural. Muchos de los aquí presentes tenemos la capacidad de escribir en dos idiomas, ya sea el quechua y el castellano, o tal vez el aymara y el castellano, porque hay gente que ha llegado de Puno, y optar por uno de ellos. En mi caso personal fue entre el polaco y el castellano, ya que he escrito libros en los dos idiomas, pero finalmente opté por el castellano por ser ésta una lengua más universal.

Conferencia presentada por Isabel Sabogal con el título de "La literatura escrita por mujeres a través de la historia" en el III Encuentro Surperuano de Escritoras, en Cusco el 5 de setiembre del 2003 y en la que se habló también de la poetisa polaca Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura, 1996.