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jueves, 1 de junio de 2023

Sobre el libro "Yo, Drácula y John Lennon" de Jan Cornelius

Esta será una breve reseña de “Yo, Drácula y John Lennon” de Jan Cornelius. 

El subtítulo del libro es: „Relatos de un habitante y observador asombrado de la Rumanía comunista y el fabuloso Occidente”. Y es que el autor, en un tono entre tierno y sarcástico, describe el salto entre dos mundos, el de la Rumanía de Ceausescu y de Alemania Occidental. En una época en la que la distancia entre ambos países, a pesar de que geográficamente no son tan lejanos, era como de la tierra a la luna. 


Me identifico con el autor, quien narra sus peripecias en primera persona, pues yo misma crucé la cortina de hierro, si bien no a Rumanía, sino a Polonia, cuando era niña. Claro que en sentido contrario, aparté de que llegué de Alemania a Polonia y no a Rumanía, pero pude gozar el cambio en carne propia.

El autor procede de una familia de habla alemana de la región de Bánato en Rumanía. Sin embargo su pronunciación del alemán es diferente a la de los nativos de Alemania Occidental, por lo que siempre es identificado como extranjero. Pues como él mismo dice: “un emigrante es aquel que lo perdió todo, menos el acento.” *

El autor trabaja como traductor, por lo cual también me identifico con él. Si bien en su caso traduce del rumano al alemán y viceversa. Nos presenta algunas situaciones absurdas vividas como traductor, como cuando un gitano rumano no entiende que quieren de él cuando le preguntan cual es su profesión. El autor también escribe, así como traduce literatura rumana al alemán. Pero tiene dificultades para publicar tanto sus propios textos, como sus traducciones, pues lo único relacionado con Rumanía que es de interés para las editoriales alemanas, es el personaje de Drácula.

Por último nos habla de los prejuicios del mundo circundante, donde hasta los australianos saben cómo debe verse y cómo no un rumano. Y lamentablemente ni el aspecto del autor, ni el de sus descendientes, coincide con la idea preconcebida de un rumano. Al punto que la maestra de su nieta no le cree, cuando ésta le dice que sus abuelos nacieron en Rumanía…



* Jan Cornelius: „Yo, Drácula y John Lennon”, p. 55

Traducción del polaco al español: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski



Ficha bibliográfica:

Jan Cornelius: „Yo, Drácula y John Lennon”

(Relatos de un habitante y observador asombrado de la Rumanía comunista y el fabuloso Occidente)

Breslavia, Editorial Amaltea, 2020

Número de páginas: 196

Traducción del rumano al polaco: Radosława Janowska-Lascar


viernes, 30 de septiembre de 2022

¡Feliz Día del Traductor!

Al armar mi página web para promocionarme como traductora, hace ya varios años, revisé diferentes páginas de mis colegas. Y, entre otras, di con una página en polaco, en la que la titular de la misma decía, que desde pequeña sabía que dedicaría su vida a algo importante. Aunque lamentablemente no tan importante, como para que pueda recordar su nombre. Y es que sin desmerecer a nadie, creo que traducir documentos, es un trabajo tan bueno o malo como cualquier otro. Trabajo al que me dediqué además, durante gran parte de mi vida. Y no quería dejar pasar esta fecha, sin saludar a mis colegas en el Día Internacional del Traductor e Intérprete. Saludo acompañado de dos imágenes, que de alguna manera representan mi trabajo. Como traductora simultánea y como traductora literaria. Creo que demás está decir que el primero me sirvió para llenar la olla y que el segundo no sólo me sirvió, sino que aún me sirve, para llenar el espíritu.

martes, 8 de marzo de 2022

De naturaleza inútil

La cultura aún no protegió a nadie ante la guerra. Al menos no ante un avión, un tanque, un soldado. Nunca desvió el curso de un misil, el estallido de una bomba, el disparo de un arma. La cultura en un conflicto pareciera pues ser inútil. No tiene ninguna capacidad de lucha, es difícil mandarla al frente, no se construirá con ella ningún refugio ni búnker.

 

Pero simultáneamente - en el fondo del corazón, todos sabemos que esa es una verdad a medias. Cuando empacas todos tus enseres y te escapas, no sacarás los libros del estante, no meterás el reproductor de discos dentro de tu mochila. Te llevarás lo más importante. Pero luego, de noche, cuando esperas, cuando no puedes dormir, allí se desarrolla otra guerra. Por tu corazón, tu mente y tu alma. Y entonces la cultura resulta de pronto ser útil. Cual un dique contra una programación malévola, que pretende infectar todos los archivos de tu cerebro.

 

Por eso en tiempos de guerra la gente escribe poesía, aunque la poesía parece lo más inútil de todo. Pero  si lo escribes, si te concentras en poner en palabras aquello, que no puedes captar con la razón, entonces de alguna manera, dibujas tu propia imagen de lo que está sucediendo. Porque lo escrito se torna verdadero. Lo escrito queda domesticado de alguna manera. Lo escrito significa que existe y que, si bien no tenemos control sobre el mundo, lo tenemos sobre las palabras.

 

La cultura permite tomar aire, capturar un fragmento de nuestra experiencia común como humanos, convencernos por un instante que no estamos solos. Nos sirve también para no pensar obsesivamente en lo mismo, no marcar todo el tiempo el mismo número de teléfono, poner algo para distraer al niño, porque las horas son largas, la noche es larga, el viaje es largo. A veces la cultura nos da algo, que no nos puede dar nada más - cuando la gente no sabe qué hacer canta junta y a veces, por una extraña razón, eso cambia algo, si no en la realidad, sí en los corazones.


Cuando se eleva el polvo de la guerra, pareciera que la cultura no defenderá a nadie ante nada, más cuando cae, resulta que salva los corazones, la mente y a veces el alma. Nos da fuerzas para luchar, nos da una conciencia e identidad común a defender. Nos da puntos de referencia en común, que hacen, que podamos decirnos mucho, con la sola línea de un texto, una canción, la alusión a un chiste estúpido. Un código de guerra privado indescifrable, que nadie puede quebrar, porque es „nuestro”.

 

Porque la isla en la que cayeron los soldados, es la isla donde enterraron a Aquiles, porque lo que dijeron, suena como una cita que nos resuena en la cabeza, sobre la guardia, que perece, pero no se rinde. Porque movilizan en nosotros todas esas metáforas poéticas - porque de pronto nos cuadra más que nunca el fragmento del  poema „Reducto de Ordon”*, porque el esquema del heroísmo se inscribe en lo que nos enseñaron en múltiples textos y que vimos por nuestra cuenta en múltiples películas. Nutrimos la cultura con lo que sentimos, la cultura se entrelaza con la propaganda - no la  nefasta, sino la bien entendida, la que nos permite levantar los ánimos. La cultura transforma los hechos en relatos y los relatos en narraciones, que luego fluyen a través de nuestra memoria y sensibilidad. 


El humor, que es parte de la cultura, aunque impensable al inicio de la guerra, luego se convierte también en una válvula de escape. Los chistes europeos nos divierten, los que llegan de Ucrania nos hacen un nudo en la garganta, los de Estado Unidos nos sacan de quicio. Esa parte de la cultura nos muestra dónde está la percepción de lo que sucede, quién entiende qué cosa de ese gran mapa. Si existiera una tira reactiva, que permitiera determinar - quién se ubica dónde en esta guerra, la mejor prueba es el humor. Dime de qué y cómo bromeas y te diré dónde estás.

 

Finalmente - dentro de un tiempo, aunque parezca increíble, trataremos de contarnos todo esto. Escribir, hacer una película, escoger a los actores, elegir las palabras y señales. Crearemos una imagen que plasmaremos en la memoria y los corazones. Lo haremos, porque así lo hacemos con cada guerra. Hablamos sobre ella, porque no sabemos  hacerlo de otra manera, porque la necesidad de narrar es tan grande, que nada la detendrá. Y esta guerra también la inscribiremos como parte de la cultura - porque es nuestro gran catálogo de vivencias, que no podemos digerir a solas.  


No sé sobre las guerras nada más de lo que me enseñaron, lo que leí, lo que me contaron. Pero casi en todas las narraciones aparecía una voz que decía, que la cultura ayudaba a la gente, que era su punto de referencia, que su preciosa inutilidad en un mundo en el que todo se califica según su utilidad en el esfuerzo de la guerra - se convertía en invalorable a su manera. En contra de todos los esquemas que uno tiene en la cabeza, donde no hay nada aparte del dolor, el sacrificio y el pavor - la gente necesitaba también cosas básicamente inútiles. Que no cuadraban absolutamente con los esquemas. Me parece que la gente no han cambiado. Y creo que no cambiará nunca.



 * Poema épico de Adam Mickiewicz, en el que el personaje titular Ordon, prefiere la muerte a caer en manos enemigas, las del Ejército del Zar de Rusia.




Publicado por Katarzyna Czajka-Kominiarczuk en el blog zwierz popkuturalny (animal de la cultura pop) el 26 de febrero del 2022, a dos días de la invasión de Rusia a Ucrania.

Traducción y notas de Isabel Sabogal Dunin-Borkowski


jueves, 22 de noviembre de 2018

Sobre los poseedores de zapatos de invierno

Presentamos aquí el segundo texto de Katarzyna Czajka - Kominiarczuk, historiadora y crítica de cine. La autora está haciendo actualmente un doctorado en Sociología en la Universidad de Varsovia y escribiendo en el blog Zwierz popkulturalny (Animal de la cultura pop), del cual provienen estas líneas.

Miro por la ventana y sé que debo encontrar mis zapatos de invierno. No hay salida - una ligera capa de nieve cubre la calle. Seguramente está resbaloso. Y yo no sé dónde he puesto los zapatos de invierno con una suela realmente gruesa. Al buscarlos nerviosamente en el pasadizo, se me ocurre pensar en cuánto significa el hecho de poseer zapatos de invierno.

Tengo zapatos para el verano, tan ligeros, que siento cada rugosidad de la vereda, y otros para la primavera - cerrados, porque aún puede llover. Tengo unos para el otoño temprano y otros para cuando noviembre llega con la lluvia; para un invierno ligero y para un invierno tardío. Tengo zapatos con suelas gruesas y delgadas, forrados y ligeros. Zapatos para cada estación del año. No aquellas cuatro, marcadas por la división más simple, sino al menos seis. Pues cualquiera te dirá que no se atraviesa el comienzo de octubre, con los mismos zapatos, que el fin de noviembre. 

También tengo casacas. Una ligera para el verano, como para echarla en la mochila, por si pudiera llover; y otra de cuero, para setiembre, por si, de vez en cuando, sople un viento más frío. La ligera de otoño, para cuando hay que abrocharse y la más cálida, para las noches en las que soñamos con tener la calefacción prendida*. El abrigo invernal de rigor, para los días cuando estar en el paradero pareciera ser comparable a la conquista del polo. Añadamos a eso los gorros, bufandas, chales, guantes - los que tienen dedos y los que no los tienen. Medias abrigadas, camisetas, el bolso con la ropa de invierno, el bolso con la veraniega. Luego de unos cuantos meses, saludos y despedidas. Hasta luego, vestido ligero; buenos días, falda de lana; hasta luego, gorrito; hola pañolón. Ciclo inacabable de mover las cosas de un lugar a otro, igual nunca caben todas.

En medio de toda esa caravana de cambios de vestuario, siempre me pregunto, ¿cuánto define quién soy el hecho de la necesidad de poseer zapatos de invierno? Con cuánta facilidad asumimos totalmente la responsabilidad de quiénes somos. Obviamente, consideramos la influencia de la familia o la posición social, ¿pero del clima? Sin bromas.  Empero, cada vez que inicio mi limitación de movimientos invernal - pues cada movimiento innecesario de la mano es una pérdida de calor, me pregunto si sería acaso la misma persona, al no helarme. Pues hay gente en el mundo, que no conoce ese frío que te cala por dentro, cuando en una tarde de invierno esperas el bus, luego del anochecer. Que no conoce la sensación de replegarse sobre sí mismo, para no sentir ese viento terrible. Seguramente tampoco saben lo extrañamente maravilloso que es, cuando al fin, después de todo le invierno, se calza zapatos más ligeros y de pronto se siente con mayor intensidad el mundo bajo los pies. No como cuando una suela gruesa nos separa de él.

Y además eso no es todo. Desde octubre empezamos a vivir en un mundo, cuya falta de luz aceptamos con humildad. Nos arrimamos a las lámparas y lucecitas, tenemos visiones de una avería en el sistema de cómputo, que nos permitiera quedarnos en casa. Y es que salimos de ella cuando es oscuro, regresamos cuando es oscuro y el resto del tiempo lo pasamos suspendidos en un gris sombrío. Como que no llevamos la cuenta, pero en realidad la llevamos, de cuando el día empieza nuevamente a desarrollarse, se nos hace más fácil vivir, hasta lograr la plenitud en aquel instante veraniego, en el cual nos acostamos de día y nos levantamos de día. La clara división de las estaciones del año, facilita además, la ubicación en el tiempo. Ya florecen las lilas, hay castaños, todavía hay cerezas, los árboles ya lucen anaranjados, los charcos se cubrieron temprano de hielo, la primera nieve, los primeros brotes en los árboles. Cierras los ojos y puedes situar el recuerdo, ni siquiera ya en el día o el mes, sino también en el color cambiante de las hojas de los árboles.

Hay lugares en el mundo donde la temperatura es siempre más o menos similar. Donde la duración de los días y noches casi no varía. Hay países con un clima tan fijo, que cualquier desviación levanta sospechas. Hay gente que jamás tuvo que comprar zapatos de invierno. Y aquellos que sobrevivieron a la época de lluvias. Hay noches blancas y los crudísimos inviernos del Norte. Mientras sigo en el pasadizo, preguntándome dónde es que están mis zapatos, altos, pesados y un tanto grandes - como para contener medias gruesas, pienso un instante en todos esos lugares en los que siempre hace calor. ¿Seguiríamos siendo acaso nosotros mismos sin aquella entrañable añoranza del sol, sin la baja de ánimo en otoño, sin el conteo mental de los días y semanas que nos separan de la primavera? ¿Se apagaría acaso ese conteo, cayendo en su letargo específico, al tener en mente un sólo y único pensamiento: „Hasta la primavera, tan sólo hasta la primavera”. ¿Acaso trabajaría igual, pensaría igual, si no hubiera esa oscuridad que cubre la tierra de octubre a enero, haciéndome pensar en la cama, como en el lugar más hermoso del mundo? ¿Acaso se puede ser realmente feliz en un país en el que te hielas? ¿Acaso se puede ser realmente productivo, viviendo en una de esas cálidas latitudes geográficas?

Me viene a la mente la idea que tal vez no sea cierto, que lo que más divide a la gente en el mundo son las creencias religiosas y opiniones. Pues, finalmente, eso se puede vencer   a través del debate, el conocimiento mutuo, la conversación. Pero nada cambiará el hecho de que un habitante promedio de Egipto verá la nieve sólo unas cuantas veces en su vida, o que hay lugares en Kenia, donde la temperatura siempre es la misma - tan, pero tan fija, que para un keniano, el clima de Polonia puede ser demasiado cálido o demasiado frío. Qué lejos estamos de sí en esos recuerdos, en esa percepción del mundo. Qué extraño es vivir en Polonia, donde no soportamos el frío de los pueblos del norte, pero tampoco podemos gozar de la suavidad de los climas del Sur. Tal vez sea eso lo que nos convierte en seres tan taciturnos, suspendidos en la impotencia climática. ¿Acaso no deberíamos conversar con más frecuencia sobre hasta qué punto somos hijos del clima en el que vivimos? Tal vez eso haría que empezáramos a considerar la lucha por frenar los cambios climáticos como algo que atañe, no sólo a los científicos, sino también a nosotros mismos. No quiero pensar en un futuro en el que no conozca la nieve.

Al fin encuentro mis, un tanto grandes, zapatos de otoño. (Al menos cabrán las medias).  Si llueve demasiado, se mojarán y recordaré nuevamente lo terribles que son los zapatos mojados. En un momento me acuerdo de las huacas piramidales limeñas - están hechas de adobe, pero como allí nunca llueve, las huacas se yerguen desde hace años. Pienso que aquí no duraría mucho. Anudo la bufanda a la altura del cuello, y trato, al cerrar la casaca, de no dañar ningún fleco con el cierre automático; y pienso en cuánto toda esa ropa limitará mis movimientos, de qué manera tendré que planificar mi día, para cuánto menos, tener que ponérmela y sacármela. Al ajustar el gorro sobre las orejas, llego a la conclusión de que no sería yo misma, si no conociera esa sensación de pesadilla del cabello electrizado, bajo el gorro. Al ponerme los guantes, que convierten cada actividad en diez veces más difícil, se me ocurre la idea, de que hasta el uso de los teléfonos móviles me marca el paso del cambio de las estaciones. Cuando en noviembre empieza a llover a cántaros, el celular aterriza irreversiblemente al fondo de la mochila. Igual hace demasiado frío como para sostenerlo en la mano.

Al abrir la puerta hacia el mundo gris veo, que una ligera capa de nieve cubre las siguientes gradas de la entrada al edificio. Hago el primer paso. Está resbaloso, así que me voy de largo dos gradas hacia abajo. Al recuperar el equilibrio, respiro profundamente. Sigo viva. Mañana, indefectiblemente mañana, debo encontrar mis zapatos de invierno.

Katarzyna Czajka-Kominiarczuk
Traducción y notas: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

* En los edificios conectados a la red de Calefacción Central, los usuarios no deciden cuando es que ésta empieza a funcionar.


Nota: Estas líneas fueron escritas en diciembre del 2017, pocos meses ante de que empezaran a sentirse los efectos del cambio climático en Polonia. De todas maneras, el clima no ha cambiado aún del todo, por lo que esperamos que sirvan de guía para quien se sienta perdido en la realidad climática polaca.

jueves, 15 de noviembre de 2018

"Tenías, Polonia, un cuerno dorado" por Katarzyna Czajka-Kominiarczuk

La autora de estas líneas, Katarzyna Czajka - Kominiarczuk, es historiadora y crítica de cine. Actualmente está haciendo un doctorado en Sociología en la Universidad de Varsovia y escribiendo en el blog Zwierz popkulturalny (Animal de la cultura pop), del cual proviene este texto.


El once de noviembre de 1918 se acabó la Primera Guerra Mundial. El conflicto en el que perdieron la vida más de diez millones de personas (según diferentes cálculos) y otras tantas quedaron heridas, llegó a su final. El frente se quedó en silencio. Los soldados fueron enviados a sus casas. Las familias, pendientes de las noticias del campo de batalla, suspiraron aliviadas. La Gran Guerra había de finalizar todas las guerras. Y había de reinar la paz. Y en esa paz, había de nacer un nuevo mundo, enriquecido por una experiencia, que de una vez por todas, había de cambiar nuestro concepto sobre cuánto vale la pena sacrificar en defensa de las fronteras.

Retornemos por un instante a aquel momento de hace cien años. Imagínense por un instante como había de ser aquel día para todos aquellos, que esperaban el retorno de sus seres queridos. Todas aquellas madres, novias y hermanas que suspiraron aliviadas. Los padres, tíos y hermanos, que al fin podían dejar tranquilamente, de seguir las noticias del frente. Cómo había de ser aquel día para todos aquellos, que jamás soñaron, que vivirían en un país independiente. Que hablarían en polaco, que tendrían su presidente, su premier, su propio gobierno y parlamento. Cómo había de ser aquel día para todos aquellos que recordaban los tiempos en los que la independencia de Polonia, parecía una fantasía salvaje, el sueño de un demente o el suspiro del siguiente poeta romántico. En ese mundo de esperanza había también mucha inquietud. Piensen tan sólo en todos esos polacos que vivieron toda su vida bajo los gobiernos invasores. Tal vez tenían un buen puesto en la administración pública, tal vez trabajaban en el correo o en el servicio ferroviario y ahora todo había de cambiar. En medio de la alegría había también mucha inquietud e inseguridad - como siempre, cuando se inicia algo totalmente nuevo y desconocido. Todo era posible, así que había sobre qué soñar y qué temer. Y simultáneamente - al fin, después de tantos años, se podía decir - estoy en mi casa, en mi país, en mi patria.

Aquella Polonia no era la Polonia en la que vivimos ahora. Aquello que para nosotros es obvio aún no había sido establecido. Aún tendríamos que luchar por la definición de las fronteras. Establecer con qué moneda concreta pagaríamos. Cuál sería la distancia entre las ruedas de nuestros vagones. Qué correo sería el que perdería nuestras encomiendas. Qué días serían feriados. Y quién firmaría los documentos más importantes. Era un país con millones de problemas. Pero también con millones de esperanzas. Era un país de muchas lenguas y muchos alfabetos. De gente que confirmaba su fe en Dios, yendo a diferentes templos. Era un país en el que unos se habían acostumbrado a la administración zarista y otros a la prusiana. Unos sabían con certeza que sus asuntos serían resueltos y otros no tenían ni la menor esperanza de que lo fueran. Era un país, aún no atravesado por las inmensas tragedias, que nos despojaron de toda esa increíble multiplicidad, que en estas tierras siempre existió y que constituía a la vez nuestro orgullo y problema. Quien al día de hoy se alegra de la monoculturalidad de Polonia, ése se alegra de la tragedia que nos tocó en suerte.

El que vivamos en nuestro país está indirectamente relacionado con esas millones de víctimas de la Gran Guerra. De aquellas que perdieron la vida en el frente de la Gran Guerra. Jóvenes muchachos que jamás se imaginaron que participarían en una guerra como ésa. Porque nunca antes hubo una parecida. Y sus muertes - por las fronteras, los acuerdos, la política y la forma del mundo - fueron la base de nuestra independencia. Así que éste es exactamente el día, en el que, en vez de pensar tan sólo en nosotros mismos, deberíamos pensar también en ellos. En ese nudo cruel de circunstancias que hizo, que nuestra alegre fiesta nacional, sea a su vez el día, en el que debamos recordar su muerte. Y quisiera decir que tenemos cierta responsabilidad frente a aquellos millones de vidas perdidas. La responsabilidad de que el país que surgió en base a ese sufrimiento, sea un país mejor y más sabio. Conciente de todo aquello, de lo que no eran concientes los políticos que enviaron a los soldados a las trincheras. Eso sería lo justo y adecuado.

Pero el mundo no es justo ni adecuado. Ahora sabemos que los soldados que retornaban luchaban con el trauma de postguerra, en medio de una vida que, tal vez, quedó despojada de sentido. Sabemos que poco después de finalizada la guerra, pasó por la aún destruida Europa, la gripe española, segando la vida de todos aquellos que creyeron haberse salvado, librándose de las garras seguras de la muerte.  Sabemos que el sueño de un mundo nuevo fue pasajero, y la paz eterna, resultó ser una fantasía que duró tan sólo veinte años, antes del nuevo conflicto que hizo que la Gran Guerra, se grabara en nuestra memoria, como pequeña e inofensiva. Y otra vez, luego del siguiente conflicto, habíamos de vivir en un mundo nuevo, lleno de paz e igualdad. Y como siempre, no sucedió.

Y esas son las injusticias que siento, cuando Polonia celebra la recuperación de su independencia con la marcha de la ONR (Agrupación Radical Nacional) y los fascistas europeos, quienes conjuntamente con el presidente y el premier, avanzan por las calles de una ciudad, que es un monumento vivo de aquello a lo que nos pueden conducir las guerras.* Cuando avanzan así comprendo, que es vana cualquier esperanza en un mundo mejor. Que no somos capaces de aprender nada. Mi furia tiene además un matiz auténticamente personal. Porque no es que mi familia haya trabajado desde hace cien años a favor de Polonia - no es que mis antepasados hayan luchado en las Legiones Polacas, para que ahora sucedan aquí tales cosas. Procedo de una familia judeo-polaca y esa marcha me expulsa fuera de los márgenes de Polonia. A pesar de que es un país, al que mis ancestros, se sintieron de una manera bastante estúpida, unidos. Nadie logró sacarnos de acá, a pesar de que, de vez en cuando, había tales intentos. Y siempre nos quedábamos a nombre de una ligazón, verídica y sincera, al país. Una ligazón, que varios de los que marchan gritando „Polonia para los polacos” jamás comprenderán. No es difícil amar un país en el que te quieren. Pero sí lo es, amar un país en el que no te quieren.

El once de noviembre se acabó la Primera Guerra Mundial. Polonia se convirtió en un país independiente. Todo aquello que hasta hacía poco parecía ta sólo una fantasía, se hizo posible. Había mucho trabajo por delante, pero - al fin había de existir el país, que tantos soñaron, sobre el cual se escribió tantos poemas, sobre el cual hubo tantas discusiones, a pesar de no haber aún, ni siquiera una huella de las fronteras en el mapa.  Todo estaba lleno de esperanza. Y cuando ahora veo las calles de Varsovia, por las cuales pasean los nacionalistas, pienso, que todas aquellas esperanzas de lo que pudo haber sido Polonia, se consumen entre los cohetes rojos, los lemas nacionalistas, los gritos racistas y los huéspedes fascistas. Me aterran también las personas, que gustan pensar de sí mismas, como de lindos patriotas, mientras marchan conjuntamente con la ONR, sin reaccionar. El ignorar el fascismo y el nacionalismo, su normalización, me duele, no menos, que los huéspedes de las agrupaciones fascistas italianas. Si consideras que el marchar al lado de un fascista está en regla, entonces tenemos un problema. Y aunque no acepto tal situación, siento una impotencia tan grande, que me alegra observar esta conmemoración desde lejos.** Y aunque se me ocurre, que tal vez sería bueno, observar el país, ya siempre desde la distancia, sé que jamás lo dejaré. Porque sólo en Polonia puedo decir: „Tenías, villano, un cuerno dorado”.*** Y todos lo comprenderán.

Katarzyna Czajka-Kominiarczuk
Traducción y notas: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski


* La ciudad de Varsovia fue totalmente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después de la misma.
** La autora escribió estas líneas, estando por unos días en Berlín.
*** Alusión a las palabras finales del drama „La boda” de S. Wyspiański, en el cual el personaje a quien le fue dado el cuerno dorado para llamar a la insurrección, se da con la sorpresa que el cuerno ha desaparecido, quedando en sus manos una simple soga.

lunes, 1 de octubre de 2018

Sobre un libro de Svetlana Savrasova

Este será un breve cometario al libro „Tienes tan sólo a tu abuelo, Lenin y Dios” de Svetlana Savrasova. A modo de introducción, diré primero unas breves palabras sobre la autora. Nació en Szczecin, Polonia, pasó su juventud en Bielorrusia, vivió diez años en Varsovia y ahora radica en Gran Bretaña. Es una escritora multilingüe, ha publicado literatura en ruso y en inglés, siendo ésta su primera publicación en polaco.
El título del libro alude a una escena sucedida la niñez de Tatiana, el alter ego de la autora, en la que ésta le dice a su abuela: „Tú misma me dijiste, que Dios es como un padre para todos nosotros. Y en el nido nos dijeron que Lenin es como un abuelo para nosotros”.*
El libro está escrito de una forma, un tanto difícil de definir, construido por episodios separados, cuyo punto de unión es la misma autora, quien nos narra a través de ellos, sus experiencias como traductora de lenguas eslavas para la policía británica. Traduce pues a rusos, ucranianos, polacos, croatas y demás. O a georgianos con falsos pasaportes polacos, quienes fingen no entender el ruso, aunque presionados por las circunstancias, deben admitir que sí lo entienden. Cada historia que nos cuenta es todo un mundo, siendo la gran mayoría de las veces, un mundo trágico. Pero también un mundo en el que se crean amistades de por vida, de personas que luego la invitan a pasar la Navidad con ellas. Cada día es una sorpresa, pues no sabe a quien le tocará traducir. Puede ser un delincuente o narcotraficante, o puede ser gente que quebró las reglas, muchas veces absurdas, simplemente por no saber siquiera que existían. Marlenka, quien manejaba sin el seguro correspondiente, el cual es diferente al que se requiere en Polonia. Un dentista, quien orinaba de noche en una playa desierta, sin saber que en el farol había una cámara filmándolo. Grzesiek, quien tocaba el acordeón al borde del Támesis, sin tener la licencia que lo autorizara a ello. Y otros más por el estilo…
La narradora idea un ciclo de charlas, titulado „Concientización de las diferencias culturales” para los funcionarios del servicio penitenciario británico, en el marco de los cursos de capacitación para estos mismos. Les habla de como „Por los prejuicios se puede pasar de largo junto a la persona viva, ignorando aquello que no cabe en los marcos de dicho prejuicio”.** Y es que, según nos dice la narradora, para la mayoría de los ingleses hay una sola diferenciación: el inglés frente a quien no es inglés. Y frente a eso, ¿qué importancia tiene el que la traductora sea polaca, china o ucraniana?
Como ejemplo de la incomprensión cultural nos pone el caso de un chico lituano, quien creía que lo estaban llevando a fusilar, cuando la policía lo estaba llevando a la clínica. Nadie entendía porqué se resistía tanto a salir, teniendo que sacarlo a la fuerza entre cuatro.
¿Y qué dice la narradora de sí misma? „Así es haber nacido de una madre alemana y un padre ruso, haber sido cambiada - según mi propia hermana - en la sección maternidad del hospital, crecer en una familia, donde uno de los abuelos fue oficial de la KGB y el otro murió en un gulag, ser una divorciada ortodoxa con un hijo e introducirme por matrimonio en una familia con armas del siglo XVI (…) y con suegros - del Ejército Nacional”.***
He traducido el texto lo mejor que pude, si bien soy consciente, que para un lector ajeno al contexto polaco, la connotación del mismo, es prácticamente incomprensible. Diré tan sólo que muestra la confusión en la que se encuentra una persona, nacida en la Polonia de post-guerra, descendiente de grupos étnicos y sociales, no sólo opuestos, sino incluso, enemigos entre sí. La cosa se complica más aún con su matrimonio, ya que el Ejército Nacional, el grupo guerrillero más grande de Polonia, luchaba tanto contra los soviéticos, como contra los alemanes.
Di con el libro por casualidad y no pude desprenderme de él. Y es que la experiencia de la autora, tiene que ver con la mía propia. Son otros los nombres, las caras, las circunstancias, pero es mi experiencia. Es como verme reflejada en uno de esos espejos curvos, donde te ves deformada, aunque sin dejar de ser tú misma. Y es que es también parte de mi ser el tema de la identidad confusa, compuesta de identidades disímiles entre sí. Asimismo trabajé un tiempo como traductora en la cárcel Sarita Colonia del Callao. Pero fue un tiempo muy breve, pues el ver lo que sucedía allí, era tan fuerte y doloroso, que tuve que dejar el trabajo. En cambio, la narradora, si bien dice que ya no da más con el mismo, lo sigue haciendo desde hace años, siendo incluso miembro de una asociación de ayuda a los presos.
Y es que, guardando las distancias, por más fuerte que sea lo que describe la autora, no se compara con las atrocidades que suceden en los penales del Perú. Pero este es un comentario aparte, independiente de la trama del libro, cuya lectura recomiendo a quienes dominen el polaco.



* Svetlana Savrasova: "Tienes tan sólo a tu abuelo, Lenin y Dios", p. 146
** Op. cit., p. 97
*** Op. cit., p. 108
Traducción: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

Ficha bibliográfica:
Svetlana Savrasova: „Tienes tan sólo a tu abuelo, Lenin y Dios” (Masz tylko dziadka, Lenina i Boga)
Varsovia, Editorial Waza, 2011
Número de Páginas: 204 
Idioma: Polaco

jueves, 8 de diciembre de 2016

Sobre la emigración (1)

Según Gombrowicz: La emigración otorga distancia, libertad espiritual, libera de los vínculos y las formas.

Magdalena Grochowska: "Jerzy Giedroyć. Hacia una Polonia de ensueño"
Traducción del polaco: Isabel Sabogal Dunin-Borkowski

jueves, 19 de mayo de 2016

Presentación de libro sobre la tradición católica en los países checos


Se invita por la presente a la presentación del libro "La vida del Cardenal Duka en la época del comunismo: conversaciones con el primado de la República Checa y Arzobispo de Praga".

Lugar: Set de TV N°1 de Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad San Martín de Porres
Dirección: Av. Tomás Marsano 151, Surquillo, Lima 34
Fecha: Lunes 23 de mayo del 2016
Hora: 19:00 h.
Costo: Actividad gratuita

El texto es una reflexión sobre el lugar de la Iglesia Católica en los países checos a través de la historia de Chequía como Estado, con especial énfasis en la época del comunismo. Estarán presentes en la presentación los autores / entrevistadores: Tomasz Dostatni y Jaroslav Subrt. Los comentarios estarán a cargo de Monseñor Salvador Piñeiro, del Doctor Carlos Blancas, del Embajador Pavel Bechny y del R. P. Juan José Salaverry O. P.

Para mayor información véase los comentarios de Lucía Málaga Sabogal, quien conjuntamente con su hermana Alhelí, realizó la traducción del texto al castellano:



lunes, 8 de marzo de 2010

Sobre el hecho de haber nacido mujer

Soy polaca del mismo modo que soy mujer. No lo escogí, pero no lo rechazo. No afirmo que ello no me defina. Sin embargo, si pudiera elegir, habría nacido en Suecia como varón – lamentablemente, no sucedió. Soy capaz de aceptarlo, puedo estudiar las consecuencias de este hecho, pero nada valioso resulta de ello para mí.

Kinga Dunin, periodista polaca.

Traducción y cortesía de Alhelí

lunes, 6 de abril de 2009

Sobre traductores y escritores

He conocido a escritores limitados, incluso tontos. En cambio los traductores con que me topé, resultaban ser más inteligentes e interesantes que los autores a los que traducían. Esto sucede porque más reflexión exige la acción de traducir que la de "crear".

Émile Cioran: "Confidencias y anatemas"
Cracovia, Editorial Zielona Sowa, 2006

Retraducción del polaco y cortesía de Alhelí