miércoles, 18 de enero de 2017

Comentario a la biografía de Zofia Stryjeńska

Hace poco estuve leyendo la biografía de la pintora polaca Zofia Stryjeńska, escrita por Angelika Kuźniak. La lectura se hacía a ratos difícil, por la minuciosidad de detalles, extraídos de los diarios de la pintora en cuestión. Sin embargo presenta un suceso de su vida tan alucinante, que no puedo dejar de compartirlo. El tema de la mujer que se hace pasar por hombre para poder estudiar no es ninguna novedad. En Cracovia es famosa la historia de Nawojka, quien se hizo pasar por un varón, para ingresar a la Universidad Jaguelónica. Luego de ser descubierta fue juzgada por un Fuero Eclesiástico, a cargo de un obispo, fuero que le perdonó la pena, debiendo ella ingresar a un convento, del cual, con el tiempo, llegó a ser superiora. Pero eso sucedió a inicios del siglo XV, es decir, hace exactamente seis siglos. Es conocido también el relato “Yentl, el muchacho de la yeshiva” de Isaac Bashevis Singer, en base al cual se hizo una película con Barbra Streisand en el papel principal. Yentl es una muchacha judía, hija de un rabino. A la muerte de su padre se corta la trenza, viste de varón y va en busca de una yeshiva, centro de estudios talmúdicos y del Pentateuco, para poder seguir estudiando lo que su padre le había enseñado en secreto. El relato abarca luego otros temas, de naturaleza, podríamos decir, un tanto perversa. Pero no deja de ser ficción. Y así como ésas hay otras historias, como la de la Papisa Juana, narrada en la película “La Pontífice”, y seguramente muchas más.
A estas alturas del partido se nos hace difícil imaginar que una mujer tenga que hacerse pasar por hombre para poder estudiar. Sin embargo Zofia Lubańska, pues ése era el apellido de soltera de la pintora, lo hizo en octubre del 1911, es decir hace apenas más de un siglo. Anteriormente había estudiado ya en una escuela privada de Arte para mujeres en Cracovia, pero no podía postular a la Escuela Nacional de Bellas Artes de esa ciudad, ya que ésta abrió sus puertas a las mujeres recién en 1920. A la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de Münich tampoco podía postular, pero allí al menos nadie la conocía. Así que se cortó el pelo, disfrazó de varón, viajó y se presentó con los certificados escolares y otros documentos de su hermano Tadeusz. El que lo hiciera, aparentemente, con la complicidad de su familia, tratándose de la época, me parece sencillamente admirable. Fue admitida como hombre, asumiendo la identidad de su hermano. El hecho de que en aquel entonces Cracovia formara parte del Imperio Austrohúngaro le facilitaba las cosas, pues el alemán no le resultaba una lengua extraña.
Lo alucinante del caso es que el engaño, teatro, o como queramos llamarlo, le durara exactamente un año. En octubre del año siguiente, 1912, le escribió preocupada a su madre, Anna Lubańska, porque sus colegas de estudio empezaron a sospechar algo. Pero ni siquiera de que fuera mujer, sino tal vez hermafrodita. “Sobre todo los franceses – le contaba – que tienen olfato para las mujeres. Y los norteamericanos que quieren boxear conmigo en los recreos”. Pero lo peor de todo es que le llegó el rumor de que pretendían desnudarla entre todos, para ver cómo era la cosa. Y lo que más le preocupaba, según le escribió a su madre, no era que vieran su desnudez, sino el lío legal que pudiera darse, por haberse presentado con documentos que no le correspondían. Su madre se movilizó de inmediato, llevándole un vestido, una peluca para que no la reconocieran en la calle, y sus verdaderos documentos. Antes de fugarse de Münich, Zofia pasó por una capilla vacía, no como una pecadora arrepentida, sino para pedirle a Dios talento y reconocimiento artístico, cosa que logró en la Polonia de entreguerras...

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